viernes, 24 de julio de 2026

Héctor Giuliano (Murazzano, Italia, 1947 / Reside en San Juan, Argentina)

 

 

Orillábamos la delincuencia:
la noche
y los rincones
nada nos ocultaban.
Conocíamos los perros,
las viejas que aguaitaban
por las ventanas,
los escondrijos,
los buchones, los tibios,
el prócer Pedro
que nadie se le achicaba,
casi un tubérculo en ese entonces,
canteábamos, necesariamente,
los que como nosotros
hacían de las suyas
y aunque éramos rivales de cuidado
y conveniencia
nadie le sacaba una pelusa a otro,
y el que caía en el piso
guay de infeliz quien lo pateara;
con la cana
era más difícil,
tratar con algún comisario
no implicaba que algún subcomisario
no entrase en acuerdo
y jugase la suya,
y ello nos perjudicaba
y había que cargar otras jeringas.
 
En los pueblos del sur
que van desde Ezeiza
hasta Cañuelas,
y con alguna incursión en Lobos
y 25 de Mayo,
nos señalaban
con " algo traman éstos"
y era verdad cotidiana.
 
Orillábamos la revolución
por nuestros orígenes,
pendejones mal entretenidos
del civil y los preceptos,
changas, algún trabajo ocasional
que no pasaba de un año,
caddies, peones de albañil,
plomeros, soldadores con estaño,
hijos de la flacura y la chambonería
a todo le hacíamos,
en todo metíamos la nariz.
 
Nos eran extraños
aquellos análisis setentosos
que cayeron bocudos
del colonialismo cultural,
Fanon, Sartre, Arregui,
Pepe Honguito y María Rosa,
éramos la calle y el barro,
el zanjón de las ranas y anguilas,
el moro de crines amigas
la bicicleta y la fuga,
amábamos a Julio Sosa
y Fiorentino, a Manzi
y esa ambición de no doblar la cabeza,
la carretela y el ciruja,
el quinielero, el punga,
el fiolo de Máximo Paz,
las chichis que fuman y sufren,
el libanés Ujdur que estuvo
en Sierra Chica.
Vino bajo, guiso fuerte,
madrugadas
que daban ganas de llorar
cuando amanecía,
picoteando aquí y allá,
desvaídos y vacíos,
tal vez.
 
La revolución nos era extraña,
era otra cosa,
algo en tierra abstracta,
algo borrascoso
agarrado de los pelos,
algo en cháchara aburrida,
pomposa, ambiciosa y arreglatodo,
unos decían una cosa,
venían otros y decían otra,
que era la justa,
el diagnóstico salía
de graves y sesudos contradictos,
cada pregunta nuestra
llevaba a un faldeo montañés
de teorías y desmanes,
y eran botones que no captaban
la música de músicos rampantes.
Pero la revolución
acechaba,
nos daba jabón
y toalla,
heroísmo de cómic
y cine.
Y nosotros
menos atentos a ella
y más a esos yutas chocolate
que pegaban
peor que los otros,
a vergajo de toro
y alma doliente.
In memoriam Juancito Magerakis.

- Inédito -

 

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