Post maravilla.
*
El aliento de esa avutarda no era rojo.
Sopranos mentales cantaron a mi psiquis melodías gigantes
y todas las cosas nadan en las maravillas de esa flotación.
Una hortensia ampliada me provoca exponiendo sus drenajes.
Sus lianas.
No es la lluvia que se clavaba en mis capas como extranjeros o amonites avistando la tierra
o como un jadeo permanente que no me importó nombrar.
Yo me dejaba explicar entre las huellas de otras aves a la sombra del arco amarillo del deseo.
Mi cuerpo alucinado atendía inolvidables pregones.
Mi boca cambió de domicilio.
Tomé un andén.
Una fractura.
Un fósforo.
Fui a buscar los peldaños azules que insistentemente me abducen de mi cuerpo.
Estoy expandido.
Mi silencio es el hábitat de indolencias y corceles migratorios.
Camino desnudo en las selvas tropicales del lenguaje. ¡Oh! ¡Qué intimidad!
Estoy expandida.
Pronto diré adiós a los polos. A sus magnetismos y a su falta
de deliberación. Estoy
expandida.
La yema de mis sueños no se parece a las tortugas ni al criterio momentáneo con el que alimentaban sus cartílagos de fuego.
Nada cabe ya en el prisma.
Ni en el mundo donde era acuático como un loto.
Ni en la cocina donde quemaba la luz.
Ni en el recuerdo acompasado de las marionetas actuando en la oscuridad.
Estoy expandido precisamente en mi inicio. Atenta a esa llama cuyo resultado será su origen.
Su persistencia.
Mi afirmación. Crucé
la Noche Feliz. Y aquí
no hay avutardas.
Soy yo quien desprende vahos de aliento rojo.
Ellos flotan sobre la escollera de piedra como lenguas olvidadas o etílicas. Relamo el salitre de mi piel. La espuma choca. Choca. ¡Oh! ¡Qué intimidad!
Estoy húmedo. Todo indica
que existo
con el cuerpo. Absuelto
de toda maravilla. Absuelta de todo
milagro.
*
RKS
De Àmsterdam. Pàgina 73.
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