miércoles, 29 de julio de 2026

Pablo Ananía (Rosario, 1942)

 

 

 

 

 

𝐀𝐮𝐭𝐨𝐫𝐫𝐞𝐭𝐫𝐚𝐭𝐨

 
Tu corazón con su doble
identidad de náufrago y mar
en este océano. Una luz allá lejos.
Parpadeante. El cuerpo ya no es
un cuerpo que se alcance a ver.
Hay en la mirada fija una mezcla
de ternura, diversión y pesar.
Apaguémosla. Diríase que
en lo oscuro se podría saber
la verdad. La letra aislada
carece de sentido. Seca, sin aliento,
o mórbida, creadora de objetos.
Así podría ser el significado
de la música en un poema
construido con líneas rectas
apresuradas. Podría no ser Valery.
Obsérvese qué hay en la crisálida.
¿Quién se atreverá a teñir
los huesos de amarillo?
Se conecta y desconecta la mente.
La ambigüedad desordena
la geografía del cerebro. Donde
alguna vez se navegara, en la tierra
de Mao hasta Borneo, pensamientos
frugales. ¿Una fruta china con sal
y pimienta? ¿Y la subjetividad
del juicio no resulta indigesta? Ese
Sendero. Nada calmo el oleaje.
Sobre la grava y la espuma crujiente
que se acumula en torno al mar,
estiércol. Deshacer. Desmoronar.
Pernoctar en lo más bajo, que no es
lo oscuro del mar. Ir a lo profundo.
Hacer. Volver a tejer. Ahogarse. Benn.
Labios a punto de abrirse liberando
el habla. Dos identidades mezclándose.
Doble vida. La enfermedad de lo cotidiano
y luego el desdén crítico. Voces que no
encajan. ¿Viste acaso lo macabro
de las tinieblas del agua? 𝐿𝑎 𝑚𝑒𝑟,
𝑙𝑎 𝑚𝑒𝑟, 𝑡𝑜𝑢𝑗𝑜𝑢𝑟𝑠 𝑟𝑒𝑐𝑜𝑚𝑚𝑒𝑛𝑐𝑒́𝑒!
 

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