DOLENCIA
“𝑉𝑎𝑦𝑎𝑚𝑜𝑠 𝑗𝑢𝑛𝑡𝑜𝑠, 𝑣𝑜𝑠 𝑦 𝑦𝑜, 𝑝𝑜𝑟 𝑑𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑜𝑠: 𝑣𝑜𝑠 ℎ𝑎𝑐𝑖𝑎 𝑢𝑛𝑎
𝑠𝑒𝑔𝑢𝑛𝑑𝑎 𝑣𝑖𝑑𝑎 𝑝𝑟𝑜𝑚𝑒𝑡𝑖𝑑𝑎 𝑝𝑜𝑟 𝑒𝑙 𝑙𝑒𝑛𝑔𝑢𝑎𝑗𝑒” (Mahmoud Darwish).
Vuelve lo hermético. ¿De dónde trae
su origen lo que no tiene nombre?
¿Cómo acordona su cabeza un olor?
¿Es un recuerdo de la vida anterior?
Enciende un fuego, forma sin forma,
verbo sin tiempo.
La pala en mano. Nadie pregunta.
Excavación en marcha, resplandores.
El vacío es espacio y el agua corporal
espacio-tiempo, materia irreductible
del cerebro. No música. Tu personal
museo. Música disfrazada en la otra orilla.
Ningún sonido te envuelve. La mano
diestra prueba y se extravía. Experimenta
un choque secreto y clandestino de vocablos,
origen de un error constitutivo: ¿qué enfermo
sabe en realidad la dolencia que padece?
¿A qué atribuye su insistencia en olvidarse
de sí mismo? Inorgánico el poema. Es ese
un primer sacrificio. La belleza se niega.
Olor a pelo quemado. No más señales.
El dolor aletea por los pies, los tobillos,
da pinchazos. Alfileres que se clavan
en plantas, dedos. Perturba el sueño
una llamada, más amarga, más oscura.
Es falsa: dura dominación de un culto
impío sobre la naturaleza corporal. Crea
un nombre afectuoso. No el propio.
El invierno sisea. Se obstina en ir y venir
moviendo de un monte a la cima su tristeza
cada vez que cae. En la instantaneidad
perece. Hay algo en él que ya no arde.
¿No amó lo suficiente? No puede descifrar
qué está esperando. No se atreve a respirar
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