martes, 1 de septiembre de 2026

Aurora Venturini (La Plata, Argentina, 1921-2015)

 

 

Puede ser una imagen en blanco y negro 

 

 

POEMA INICIAL

 

Con este cielo diáfano, parece
que el corazón se hubiera levantado
desde el húmedo lecho del otoño
hasta la cabellera de algún árbol.
 
Un quieto ruiseñor amanecido,
abrió las alas y partió su canto
y compartió una flor, con una abeja,
debajo de la copa del espacio.
 
Yo siento que en mi pecho
ahora el corazón acobardado
quiere huir a la hierba, entre las lilas,
con una leve ondulación de pájaro.
 
Como un muchacho triste,
corazón de recuadro.
Corazón escolar
que alguien, muy terco, dibujó en un árbol.
 
 
_________________________
de "Corazón de árbol" (1943) en "Antología personal", Ramos Americana Editora, La Plata, 1981. En la imagen, Aurora Venturini (La Plata, Argentina, 1921-2015), c. 1940 (Página12).
 

(Fuente: Jonio González) 

Reinaldo Arenas (Holguín, Cuba, 1943-Nueva York, EE. UU., 1990)

 

Puede ser una imagen en blanco y negro de una o varias personas 

 

 

EN OSCURA PRISIÓN

 

En oscura prisión voy naufragando
mientras me evado de diez mil prisiones;
cada paso que doy lo doy pensando:
"menos que esto ha costado paredones".
 
No más soñar, no más canciones;
ni siquiera aquellas concebidas
o por el estertor de mil heridas
o por el azar de improvisaciones.
 
Del infierno al final hemos llegado,
cúmulo fijo de resoluciones
no por horribles menos conocidas.
 
A éste un par de medias le voy dando;
a aquél, del calzoncillo los botones.
Lo demás se acabó, era mi vida.
 
 
_____________________
en "Inferno. Poesía Completa", Lumen, Barcelona, 2001. En la imagen, Reinaldo Arenas (Holguín, Cuba, 1943-Nueva York, EE. UU., 1990) por Sophie Bassouls.
 

(Fuente: Jonio González) 

María Teresa Roca de Togores y Pérez del Pulgar (España, 1905-1989)

 

 

"La noche anudaba cuerdas..."

 

 


 
 
 
La noche anudaba cuerdas
con los montones de algas,
la noche estriada tira
de las proas de las barcas.
La última que vendrá
ha de ser la «Santa Clara».
Los pies de los pescadores
tienen las uñas de plata,
raíces verdes y frías
de la mar desenterradas.
Negros martillos de hombros
astillan camisas agrias,
nucas hendidas del turbio
marchamo de la jornada.
Bajo el puente desmembrado
de cabezas y de espaldas,
galopan pulpas azules
y azabache de caballas.

Largas tijeras de luna
fueron recortando fraguas
de pesca de ojos convulsos
y relucientes entrañas.
Cuatro voces sucesivas
convocaban la subasta.
De todas las que se fueron,
no ha vuelto la «Santa Clara».
        Pero en la playa de Altea
        no había quien esperara.
Un olor de latitudes
enronquece las gargantas.
 
 

María Teresa Roca de Togores y Pérez del Pulgar en Romances del Sur (1935), incluido en Mujeres del 27. Antología poética (Editorial Planeta, Barcelona, 2022, ed. de José Luis Ferris).
 
(Fuente: Asamblea de palabras) 

 

Silvana Tobón Cardona (Colombia, 1980)

 

 

Este dolor es mío

Soy

 

Para los alarifes del cementerio,

soy un estorbo que frena

el tamaño mineral de su premisa,

una extraña en el lugar equivocado;

sus amenazas de muerte me persiguen.

 

Pero soy más que una voz que ensordece

en la agitada ceremonia de las calles.

Soy testigo de la noche que avanza con el miedo,

de transeúntes perdidos en su sombra.

Y también soy testigo de mis floridos reclamos

que ululan la presencia de otros cuerpos.

 

Soy un punto para atar el nudo corredizo

y columpiarme en los espejos del viento.

Soy escombro y ceniza que el tiempo convierte en su liturgia.

Soy la dicotomía que humedece el perdón de la hostia,

mientras el corazón hierve de guerra.

 

Soy la voz de los espejos que repiten la luz de la memoria.

Soy los labios de la rosa que arden en las páginas vacías de la penumbra.

Soy el pájaro que deja sus alas en los bosques de nubes.

Soy la orca donde el pez se cristaliza antes de beber las últimas gotas del río.

Soy el trapecio de la lluvia donde el relámpago cuelga sus secretos.

Soy el relincho de la hierba cuando el jinete vuelve a su caballo.

Soy la vigilia de la aldaba cuando la puerta recibe los golpes de la luz.

Soy el aire que reescribe el ritornelo de la canción que viaja en las ranuras del tiempo.

 

Soy el carbón que deja el relámpago.

Soy tormenta.

Soy alegoría y llanto.

Soy las caricias y los besos

que han dejado sus cantos en los nudos de la piel.

Soy el puente invisible

donde la noche cruza para alcanzar el día.

Soy el recuerdo y la lechuza y los lobos en el bosque

y las aves incontables.

 

Soy la ruta que el dolor

todavía no ha recorrido.

 

 

Temporal

A Medellín

 

Estaba la tormenta

a punto de entonar su cercanía,

me indicaba el camino

declamando sus grises por la calle.

Unos pasos lentos,

de hace siglos,

perseguían el palpitar de la metrópoli

como un ruido indigente

en la linde de la  noche.

Todos mis recuerdos,

contemplativos,

hallaban su refugio

en la antigua Ceiba.

El viento pretendía

elevar las banderas

más allá de la montaña.

Comenzaba a llover

sobre mi tierra.

Siglos de lluvia sobre llantos,

sobre mí, sobre el valle que dejaba atrás,

sobre la historia de una ciudad

derramada por el miedo.

 

 

Duelo

 

“A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”.

-Edgar Allan Poe-

 

Te niego mi existencia

porque me has traicionado.

Es fatal mirarte y sentir repudio a tus apetitos urgentes.

Impostora:

has fijado miedos inquebrantables

mientras huyes hacia el otro lado,

temerosa, como suspiro bajo la almohada.

Abrigada por estos sueños

que se niegan a tu abismo,

desconozco la miseria que te agobia

y aun así me miras,

me descubres, me desnudas y te marchas.

Renuncio a volar con miedo

sobre estos muros de dolor

que enumeran siempre presagios

en esta fría rutina

que lleva por nombre destierro y maldición.

Ahora ya no canto tu silencio,

y el fantasear que adjudicaba mis sentidos

muere en la urgencia

de otro cuerpo perdido.

El encuentro con tus ruinas

se cierre sobre el presente.

Ha llegado la hora

de levantar las sordinas,

elevar un reclamo, anticipar la descarga

y darnos muerte segura.

 

 

Enero

 

Al Valle de Upar

 

Hace calor,

los pájaros atraen la noche con su canto,

las imágenes de afuera definen la extraña textura

de una ciudad contemporánea que galopa

entre el olvido y el silencio.

Se precipita el tiempo sobre un reloj inexistente.

Huele a complot, alguien me espera.

Más allá de los cristales

que acompañan las ventanas de metal,

la magia se desvanece,

se supera,

se despliega perfecta y

absolutamente discreta en mi espalda,

me cala en los huesos sin dejar residuo

de secreto u ocultación.

El lenguaje de mi cuerpo

padece un síntoma abstracto,

un derramamiento que se pierde en sí mismo,

en estas sábanas blancas que danzan y muerden.

Si esta oscuridad tuviera corazón,

detendría conmigo sus latidos

en la primera desnudez

que ha vestido mi cuerpo abandonado.

El manto opaco de la noche

acaba de quebrarse

y las primeras luces

clarean el horizonte silencioso.

El viento del norte susurra una metáfora

que invita a bañarme en su agua,

mientras un centenar de cañahuates

dan gritos amarillos en la montaña

que lleva su olor como presagio.

 

 

Te recuerdo así

 

Entre orquídeas y frondosos bosques,

resplandecientes,

pienso en voces maltratadas y anegadas;

ojos fríos de reverso,

abrazos temporales.

Te abrazo por la acera ocultado ese dolor.

Juegas a ser el caballero

y te aparece aquí, ahora,

bailando y cantando,

jugando a ser el hidalgo que extinguió esa noche.

Te recuerdo así,

entre flores, hojas

y resabios que no veo,

terminando un apurado roce

y las palabras consecuentes.

Te recuerdo así,

extinguiendo juntos una vida,

agotando las palabras,

alejando las miradas.

Te recuerdo así,

una siniestra sombra que delata las ausencias.

 

 

Este dolor es mío

 

Pesada es la carga de la verdad inoportuna;

no todos pueden soportarla,

pero me doy el gusto de elegir

por dónde sangrar

y cuándo huir.

Ningún cuerpo es madriguera

de la infamia del guerrero,

pero la zozobra multiplica los ojos

en los espejos del temor que me persiguen,

encontrando el reflejo de las propias heridas.

Me alejo del rojo pendular de la mecedora,

donde descansa en los pilares desolados

de esta noche que se derrama en mis ojos.

Ya casi sombra,

la penumbra es roca que tropieza con el cuerpo.

Llueve sobre mí un invierno de dolor,

convirtiéndome en abismo.

El ruido de unos pasos busca mi puerta

para que no pueda ocultar lo inevitable.

Negarse tiene el costo que el milagro desconoce

cuando esta guerra reduce el territorio

solo al tamaño de mis pies,

custodiando las riberas del insomnio.

Ya sospecho que pronto no habrá luz en mi piel.

Mi epitafio vendrá en la esquiva mirada de otro sueño.

Mis frutos serán invisibles racimos

en algún ojal de la memoria,

y mi hamaca, fértil al cortejo vegetal,

seguirá atada al viento de otros árboles.

 

 

Manada

 

Andan sueltos los lobos,

los oigo aullar no muy lejos, a mi espalda,

pero no me vuelvo.

Ya he caminado muchas veces entre ellos y a oscuras.

Ahora yo soy quien lleva la luz

y ellos los que tienen hambre.

Mi cuerpo resiste las ausencias.

Puedo vivir sin lágrimas

o derramarlas todas en una noche.

No tengo ya la piel de cordero,

mi tez ahora es de tantos como he querido.

Vuelvo a estar cosechando recuerdos,

pero sin miedo a que me traguen.

He visto a sus labios

devorar las tormentas del humo,

como zainos en las fauces de la sequía.

Camino al frente de cada uno ahora,

más desnuda que nunca,

durmiendo al sereno,

anudando mis palabras

en esta noche silenciosa,

bajo las estrellas de sus ojos

y sabiendo que una noche cualquiera

podrán comer de mi cuerpo.

 

Este dolor es mío. Medellín. Museo Casa de la Memoria. 2024. Págs. 8-9, 10, 13-14, 17-18, 20, 24-25, 26.   

 

(Fuente: La Mecánica Celeste)