POEMA INICIAL
(Fuente: Jonio González)
(Fuente: Jonio González)
(Fuente: Jonio González)
Soy
Para los alarifes del cementerio,
soy un estorbo que frena
el tamaño mineral de su premisa,
una extraña en el lugar equivocado;
sus amenazas de muerte me persiguen.
Pero soy más que una voz que ensordece
en la agitada ceremonia de las calles.
Soy testigo de la noche que avanza con el miedo,
de transeúntes perdidos en su sombra.
Y también soy testigo de mis floridos reclamos
que ululan la presencia de otros cuerpos.
Soy un punto para atar el nudo corredizo
y columpiarme en los espejos del viento.
Soy escombro y ceniza que el tiempo convierte en su liturgia.
Soy la dicotomía que humedece el perdón de la hostia,
mientras el corazón hierve de guerra.
Soy la voz de los espejos que repiten la luz de la memoria.
Soy los labios de la rosa que arden en las páginas vacías de la penumbra.
Soy el pájaro que deja sus alas en los bosques de nubes.
Soy la orca donde el pez se cristaliza antes de beber las últimas gotas del río.
Soy el trapecio de la lluvia donde el relámpago cuelga sus secretos.
Soy el relincho de la hierba cuando el jinete vuelve a su caballo.
Soy la vigilia de la aldaba cuando la puerta recibe los golpes de la luz.
Soy el aire que reescribe el ritornelo de la canción que viaja en las ranuras del tiempo.
Soy el carbón que deja el relámpago.
Soy tormenta.
Soy alegoría y llanto.
Soy las caricias y los besos
que han dejado sus cantos en los nudos de la piel.
Soy el puente invisible
donde la noche cruza para alcanzar el día.
Soy el recuerdo y la lechuza y los lobos en el bosque
y las aves incontables.
Soy la ruta que el dolor
todavía no ha recorrido.
Temporal
… A Medellín
Estaba la tormenta
a punto de entonar su cercanía,
me indicaba el camino
declamando sus grises por la calle.
Unos pasos lentos,
de hace siglos,
perseguían el palpitar de la metrópoli
como un ruido indigente
en la linde de la noche.
Todos mis recuerdos,
contemplativos,
hallaban su refugio
en la antigua Ceiba.
El viento pretendía
elevar las banderas
más allá de la montaña.
Comenzaba a llover
sobre mi tierra.
Siglos de lluvia sobre llantos,
sobre mí, sobre el valle que dejaba atrás,
sobre la historia de una ciudad
derramada por el miedo.
Duelo
“A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”.
-Edgar Allan Poe-
Te niego mi existencia
porque me has traicionado.
Es fatal mirarte y sentir repudio a tus apetitos urgentes.
Impostora:
has fijado miedos inquebrantables
mientras huyes hacia el otro lado,
temerosa, como suspiro bajo la almohada.
Abrigada por estos sueños
que se niegan a tu abismo,
desconozco la miseria que te agobia
y aun así me miras,
me descubres, me desnudas y te marchas.
Renuncio a volar con miedo
sobre estos muros de dolor
que enumeran siempre presagios
en esta fría rutina
que lleva por nombre destierro y maldición.
Ahora ya no canto tu silencio,
y el fantasear que adjudicaba mis sentidos
muere en la urgencia
de otro cuerpo perdido.
El encuentro con tus ruinas
se cierre sobre el presente.
Ha llegado la hora
de levantar las sordinas,
elevar un reclamo, anticipar la descarga
y darnos muerte segura.
Enero
Al Valle de Upar
Hace calor,
los pájaros atraen la noche con su canto,
las imágenes de afuera definen la extraña textura
de una ciudad contemporánea que galopa
entre el olvido y el silencio.
Se precipita el tiempo sobre un reloj inexistente.
Huele a complot, alguien me espera.
Más allá de los cristales
que acompañan las ventanas de metal,
la magia se desvanece,
se supera,
se despliega perfecta y
absolutamente discreta en mi espalda,
me cala en los huesos sin dejar residuo
de secreto u ocultación.
El lenguaje de mi cuerpo
padece un síntoma abstracto,
un derramamiento que se pierde en sí mismo,
en estas sábanas blancas que danzan y muerden.
Si esta oscuridad tuviera corazón,
detendría conmigo sus latidos
en la primera desnudez
que ha vestido mi cuerpo abandonado.
El manto opaco de la noche
acaba de quebrarse
y las primeras luces
clarean el horizonte silencioso.
El viento del norte susurra una metáfora
que invita a bañarme en su agua,
mientras un centenar de cañahuates
dan gritos amarillos en la montaña
que lleva su olor como presagio.
Te recuerdo así
Entre orquídeas y frondosos bosques,
resplandecientes,
pienso en voces maltratadas y anegadas;
ojos fríos de reverso,
abrazos temporales.
Te abrazo por la acera ocultado ese dolor.
Juegas a ser el caballero
y te aparece aquí, ahora,
bailando y cantando,
jugando a ser el hidalgo que extinguió esa noche.
Te recuerdo así,
entre flores, hojas
y resabios que no veo,
terminando un apurado roce
y las palabras consecuentes.
Te recuerdo así,
extinguiendo juntos una vida,
agotando las palabras,
alejando las miradas.
Te recuerdo así,
una siniestra sombra que delata las ausencias.
Este dolor es mío
Pesada es la carga de la verdad inoportuna;
no todos pueden soportarla,
pero me doy el gusto de elegir
por dónde sangrar
y cuándo huir.
Ningún cuerpo es madriguera
de la infamia del guerrero,
pero la zozobra multiplica los ojos
en los espejos del temor que me persiguen,
encontrando el reflejo de las propias heridas.
Me alejo del rojo pendular de la mecedora,
donde descansa en los pilares desolados
de esta noche que se derrama en mis ojos.
Ya casi sombra,
la penumbra es roca que tropieza con el cuerpo.
Llueve sobre mí un invierno de dolor,
convirtiéndome en abismo.
El ruido de unos pasos busca mi puerta
para que no pueda ocultar lo inevitable.
Negarse tiene el costo que el milagro desconoce
cuando esta guerra reduce el territorio
solo al tamaño de mis pies,
custodiando las riberas del insomnio.
Ya sospecho que pronto no habrá luz en mi piel.
Mi epitafio vendrá en la esquiva mirada de otro sueño.
Mis frutos serán invisibles racimos
en algún ojal de la memoria,
y mi hamaca, fértil al cortejo vegetal,
seguirá atada al viento de otros árboles.
Manada
Andan sueltos los lobos,
los oigo aullar no muy lejos, a mi espalda,
pero no me vuelvo.
Ya he caminado muchas veces entre ellos y a oscuras.
Ahora yo soy quien lleva la luz
y ellos los que tienen hambre.
Mi cuerpo resiste las ausencias.
Puedo vivir sin lágrimas
o derramarlas todas en una noche.
No tengo ya la piel de cordero,
mi tez ahora es de tantos como he querido.
Vuelvo a estar cosechando recuerdos,
pero sin miedo a que me traguen.
He visto a sus labios
devorar las tormentas del humo,
como zainos en las fauces de la sequía.
Camino al frente de cada uno ahora,
más desnuda que nunca,
durmiendo al sereno,
anudando mis palabras
en esta noche silenciosa,
bajo las estrellas de sus ojos
y sabiendo que una noche cualquiera
podrán comer de mi cuerpo.
Este dolor es mío. Medellín. Museo Casa de la Memoria. 2024. Págs. 8-9, 10, 13-14, 17-18, 20, 24-25, 26.
(Fuente: La Mecánica Celeste)