sábado, 25 de julio de 2026

Estela Zanlungo (Pcia. de Buenos Aires, 1958)

 

 

 

Vas a mirar el árbol
la copa entre los cables de la luz
la base ancha y oscura
la calle boca arriba
la vereda.
 
Tomá tu tiempo
que el tiempo haga lo suyo.
 
Vas a pararte frente el árbol
sosteniendo una caña
con un gancho en la punta.
 
Vas a subir al segundo peldaño
el mango reclinado sobre el tronco
como un hombre rendido
después de un día largo.
 
Entre el cielo y la tierra
un siseo de ramas soplandote la nuca
y el cuerpo
que ya no está para esos trotes.
 
Vas a arrastrar
un pie y después el otro
la cabeza apretada entre la fronda
el perfume salvaje, como de nuez
el aire
picante en la nariz.
 
Cuanto más alto
más cerca de rodar
más perpendicular a la caída
más a la mano tu codicia
vacilante y redonda en la punta del gancho.
 
Vas a ir acomodando tu cosecha
en el morral
y cuando ya no quepa más
vas a probar seguir subiendo
con el gozo de quien no se conforma.
 
Nunca mires abajo.
 
Vas a soltar la caña
que caerá mullida
como un ala de pájaro o de ángel
que al final es lo mismo.
 
Tocar la tierra firme
después de haber alzado vuelo
es otra forma de volver a casa.
 
Vas a desparramar sobre la mesa
tu osadía
el deseo pendiente de la lengua
la boca haciendo agua hasta los bordes del mantel.
 
Vas a quitar la cáscara
con tu cuchillo de pelar
la fruta
vas a sorber saliva y jugo
que también son lo mismo.
 
Nunca mires abajo.

 

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