Un jardín arde en la penumbra.
La liebre todavía tibia es alzada
como un niño, la oruga recibe el
nombre de hermana y las flores
exhalan un perfume espeso,
mezcla de azúcar y sombra.
Allí la ternura no consuela, se inclina.
Se acerca a lo que tiembla
y se descompone, lava la herida,
envuelve el cuerpo, demora la caída
como si la canción pudiera
suspenderla.
Es una voz baja casi maternal
y sin embargo feroz.
Toca aquello que debería rechazarse
y lo vuelve próximo.
Entre lo vegetal y lo humano,
entre la carne y su sombra,
no hay frontera firme
apenas un latido compartido.
El barro respira.
La mano no retrocede.
Y en ese gesto de acunar
lo que duele,
lo extraño empieza a latir
como parte de una misma materia
vulnerable y luminosa.
(Fuente: En Amor Arte)
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