LA TERRAZA
Ojazos de vaca, los que me miran
abundantemente, ahora.
Yo supe detalles y formas.
Cada vez que perdía el habla
ponía punto, a veces coma
para evitar lagunas silenciosas.
Los ruidos de adentro
no se corresponden con el sibilino fluir
de los lenguajes extranjeros.
La boca abierta piensa.
Había palabras y gradaciones de grises
en los escalones que subían a mi terraza.
Flores de nácar y no me olvides,
alegrías del hogar.
¡Ansia de inspirar y de espirar
de una vez y para siempre!
(Un paréntesis, puntual).
Porque tanta pena y bruma
nos quiebra el alma,
algo redondo y brillante como el sol
nos hace falta.
Foto: Alejandro Pi-hué
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