martes, 18 de agosto de 2026

Pablo Ananía (Rosario, 1942)

 

 

 

 

 
𝐆𝐞𝐧𝐞𝐚𝐥𝐨𝐠𝐢́𝐚
 
 
GIUSEPPE
 
Portogalo, el que le dio apellido
a mi viejo, era bajito, de complexión
cetrina, algo grisácea, y bizqueaba
ligeramente del ojo izquierdo. Era
su fuerza el silencio. Lo poco que hablaba
lo hacía en italiano, muy despacio, en un
dialecto áspero como la roca calcárea
de la montaña de Sila, en Crotone.
Otras palabras no se atrevía o no quería
pronunciar. Dice mi padre que solía decir
de su vida y su pueblo: lo que se ha ido
de Savelli para siempre estará para siempre
aquí. Recién llegado admiraba, tal vez con
su ojo estrábico encandilado por la nostalgia,
los adoquines, eucaliptos y ombúes plantados
en las calles de Ortúzar. Cuando se fue,
a mis ocho años, Domenica, su mujer,
lo mencionaba a veces como un ángel.
De él heredó mi padre una chaqueta
sin mangas y un funyi de ala media.
También era propiamente Portogalo
cuando se sentaba al amanecer a fumar
un Clifton bajo la pared de los fondos
de la casa, aún fresca del sueño. 
 
 
DOMENICA
 
Erguida, rígida, deambulando
por los círculos infernales, poetiza.
Hace versos conmigo, suplica. En
su corazón muerto siente pena
por los vivos. Holló el camino
de la Chacarita ya vieja, sonámbula,
recitando conjuros en el cementerio
a la hora en que creía que eran liberados
los cadáveres. Doménica, abuela, querida,
dame un respiro. Te veo acostada en un
catre, un jergón, el rostro hacia arriba,
impregnada de olores, sin vísceras. Sé
que no te irás de mis sueños (¡𝐷𝑖𝑜𝑠 𝑛𝑜
𝑙𝑜 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑖𝑡𝑎!) hasta el día que en mí veas
a Anteros luchando contra Eros.
 

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