LA OBVIEDAD MÁS LÚCIDA
I
Aún cuando nuestro espíritu haya descendido hacia la muerte
y habiendo el instante bello del silencio
encontrado
la dignidad de tu corazón, poesía
cierro los ojos como un ciego y espero el fuego del tiempo
aproximarse,
así como antes el rosal, la divinidad extendida en la noche,
ahora el vacío en el cuerpo lo devora,
ruborizado humor de los poetas,
ahora es huella, no bosque, y golpe de hacha, rústica rama,
candil lejano,
y la palabra ensimismada.
Es por eso que la llama se consume,
y de su hiancia ardiente
exclama:
no hay poema
hay piedra y fuego
no hay poema
hay la noche
y luego del relucir sesgado de las venas
bajo el viento mayor de otoño,
el corazon cenizo aún resuena
en forma de tierna
vida oscura.
II
Entregar el reposo de la voz, poeta,
haz que tiemble
la última palabra, donde se acunan las hojas del alba
donde un concierto de llanto llega
desde las tierras azules del poema,
aún con los lirios diurnos
danzarines,
como humildes transeúntes olvidados en el azar del día.
Boca desnuda, coronación de exilio,
se yergue la hierba y, a ras del suelo, contempla
su peregrinación
el poeta de los bosques.
Si su espasmo declinara, si su velo desistiera
de cubrirle el rostro, desde su estampa curva y silenciosa,
la muerte cantaría su nombre en el oleaje de su sangre,
tocaría, acaso, su corazón de vagabundo.
Semilla del mundo, el poema.
Cuerpo sediento, la palabra.
Sírvanse del vientre del lenguaje,
acérquense a su boca,
sus voces esperan,
tomen su nada y su tristeza,
naden en el pantano del poema.
Cómanse sus vísceras.
Que viva el poema en sus entrañas.
¡Que viva el poema!
Que quepa la vida en su pecho frágil,
que rompa las líneas del sino.
¡Que viva el poema!
¡Que viva!
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