«El polvo ha cerrado los ojos de Helena»
Traducción de Verónica d'Ornellas
I
Recientemente
he estado en un pequeño grupo de casas, no las suficientes como para
llamarlo una aldea, en la baronía de Kiltartan, del Condado de Galway,
cuyo nombre, Ballylee, es conocido en todo el oeste de Irlanda. Ahí se
encuentra el viejo castillo cuadrado, Ballylee, habitado por un granjero
y su esposa, y una cabaña en la que viven su hija y su yerno, y un
pequeño molino con un viejo molinero, y unos viejos fresnos que arrojan
unas sombras verdes sobre un riachuelo y unos grandes escalones. El año
pasado fui ahí en dos o tres ocasiones para hablar con el molinero sobre
Biddy Early, una sabia mujer que vivió en Clare hace algunos años, y
sobre su dicho, «Entre las dos ruedas del molino de Ballylee, hay un
remedio para todo mal», y para averiguar, a través de él o de otra
persona, si se refería al musgo que hay entre las aguas que corren o a
alguna otra hierba. He estado ahí este verano y volveré antes del otoño,
porque Mary Hynes, una hermosa mujer cuyo nombre todavía es un prodigio
junto a las luchas territoriales, murió ahí hace sesenta años; pues
nuestros pies querrían demorarse ahí donde la belleza ha vivido su vida
de tristezas para hacernos comprender que no es de este mundo. Un
anciano me llevó a poca distancia del molino y el castillo, y bajamos
por un sendero largo y estrecho que casi se perdía entre las zarzas y
los endrinos, y dijo: «Estos son los viejos cimientos de la casa, pero
se han llevado la mayor parte para construir muros, y las cabras han
comido hasta cansarse los arbustos que crecen sobre ellos, y ya no
crecen más. Dicen que era la muchacha más hermosa de Irlanda, su piel
era como la nieve fundida — quizá quiso decir la nieve caída— y tenía
las mejillas sonrosadas. Tenía cinco hermanos apuestos, ¡pero ya no
queda ninguno de ellos!». Le hablé de un poema en irlandés que Raftery,
un famoso poeta, había escrito sobre ella, y de que decía que «hay una
sólida bodega en Ballylee». Él me dijo que la sólida bodega era el gran
agujero en el que el río se volvía subterráneo, y me condujo hasta un
pozo profundo, donde una nutria corrió a esconderse bajo un adoquín
gris, y me dijo que muchos peces salían de las oscuras aguas al amanecer
«para probar el agua fresca que baja de las colinas».
La
primera vez que oí hablar del poema fue en boca de una anciana que vive
a aproximadamente tres kilómetros río arriba y que se acuerda de
Raftery y de Mary Hynes. «Nunca vi a nadie tan hermoso como ella, y
nunca lo veré hasta que muera», dice, y cuenta que Raftery estaba
prácticamente ciego y «no tenía otra forma de vida más que dar vueltas y
elegir alguna casa donde ir, y entonces todos los vecinos se reunían
para escucharle. Si lo tratabas bien, te alababa, pero si no lo hacías,
te criticaba en irlandés. Era el más grande poeta de Irlanda, y hubiera
escrito una canción sobre ese arbusto si por azar hubiese estado debajo
de él. Hubo un arbusto bajo el cual se resguardó de la lluvia, y él hizo
unos versos alabándolo y luego, cuando el agua se coló a través de él,
hizo unos versos despreciándolo». La anciana cantó para un amigo y para
mí un poema en irlandés, y cada palabra era audible y expresiva, como
solían serlo siempre las palabras de una canción, creo yo, hasta que la
música se sintió demasiado orgullosa de ser el vestido de las palabras,
fluyendo y cambiando con el fluir y el cambiar de sus energías. No es un
poema tan natural como la mejor poesía irlandesa de los últimos siglos,
pues los pensamientos están dispuestos de una forma demasiado
obviamente tradicional, de modo que el pobre viejo medio ciego que lo
creó tiene que hablar como si fuese un granjero rico que le ofrece lo
mejor de lo mejor a la mujer que ama, aunque con frases ingenuas y
tiernas. El amigo que estaba conmigo ha hecho parte de la traducción,
pero la otra parte la hicieron los propios campesinos. Creo que tiene
más de la simplicidad de los versos irlandeses de la que uno encuentra
en la mayoría de traducciones.
Cuando
iba yo a misa por la voluntad de Dios, el día se humedeció y el viento
se levantó; conocí a Mary Hynes en la Cruz de Kiltartan, y ahí y en ese
momento, de ella me enamoré.
Con amabilidad y educación le hablé, como decían que era su estilo, y
ella me dijo: «Raftery, estoy tranquila, puedes venir hoy a Ballylee».
Al oír su oferta no lo dudé,
sus palabras llegaron a mi corazón y éste se inflamó. Sólo teníamos
que atravesar los tres campos, la luz del día nos acompañaría hasta
Ballylee.
La mesa
estaba puesta con vasos y una botella, ella tenía el cabello rubio y se
sentó a mi lado; y me dijo: «Bebe, Raftery, y bienvenido seas, hay una
sólida bodega en Ballylee».
Oh estrella de luz, oh sol en su esplendor, oh cabello ámbar, oh mi
parte del mundo, ¿vendrás conmigo el domingo hasta que demos el «Sí»
ante todo el mundo?
No
te faltará una canción los domingos por la tarde, ni ponche en la mesa,
ni vino, si lo quieres beber, pero, oh Dios de la Gloria, seca los
caminos que tengo por delante,
hasta que encuentre la senda a Ballylee.
Hay un aire dulce en la ladera de la colina cuando tú contemplas Ballylee;
cuando por el valle caminas recogiendo nueces y moras, se llena de la música de los pájaros y de los Sidhe.
¿De qué vale la grandeza si no tengo la luz de la flor de la rama que
está junto a ti? No hay dios que lo niegue o que intente ocultarlo; ella
es el sol en los cielos que ha herido mi corazón.
No hay zona de Irlanda a la que no haya viajado, de los ríos hasta las
cimas de las montañas, hasta el borde del Lough Greine que esconde su
boca, y jamás vi belleza que igualara a la de ella.
Resplandecía su cabello y sus cejas también; su rostro era ella misma,
su boca dulce y agradable. Ella es el esplendor, y yo le entrego la
rama, ella es la flor resplandeciente de Ballylee.
Es Mary Hynes, mujer serena y natural, cuya mente y rostro belleza
poseen. Ni reuniendo a cien escribas, se podrían anotar ni la mitad de
sus encantos.
Un
viejo tejedor, cuyo hijo, supuestamente, se va por las noches con los
Sidhe (duendes), dice: «Mary Hynes era la cosa más hermosa que se ha
creado jamás. Mi madre solía hablarme de ella, pues estaba en todos los
partidos de hurling y, dondequiera que fuese, iba vestida de blanco.
Hasta once hombres la pidieron en matrimonio en un solo día, pero ella
no quiso a ninguno de ellos. Una noche, más allá de Kilbecanty, había
varios hombres reunidos bebiendo y hablando de ella, y uno de ellos se
puso en pie y se dispuso a ir a Bellylee a verla; pero en aquella época
el pantano de Cloon estaba abierto, y el hombre se topó con él, cayó en
el agua, y lo encontraron muerto por la mañana. Ella murió de la fiebre
que llegó antes de la hambruna». Otro anciano dice que era tan solo un
niño cuando la vio, pero que recuerda que «el hombre más fuerte que
había entre nosotros, un tal John Madden, encontró la muerte a causa de
ella, pues se enfrió cruzando ríos por las noches para llegar a
Ballylee». Quizá éste sea el hombre que el otro viejo recordaba, pues
las leyendas otorgan muchas formas a una misma cosa. Hay una anciana que
todavía la recuerda, en Derrybrien, entre las colinas de Echtge, un
lugar vasto y desierto, que ha cambiado muy poco desde que el viejo
poema decía: «El ciervo en la fría cumbre de Echtge escucha el aullido
de los lobos», pero que sigue estando atento a muchos poemas y a la
dignidad del habla antigua. Ella dice: «El Sol y la Luna nunca brillaron
sobre nadie tan hermoso, y su piel era tan blanca que parecía azul, y
tenía dos pequeños rubores en las mejillas». Y una mujer vieja y
arrugada que vive cerca de Ballylee, y que me ha contado muchas
historias de los Sidhe, dice: «Yo veía a Mary Hynes con frecuencia y,
sin duda, era muy guapa. Tenía dos racimos de rizos junto a sus mejillas
y eran del color de la plata. Vi a Mary Molloy, que se ahogó en el río
más allá, y a Mary Guthrie, que estuvo en Ardrahan, pero ella las
superaba a las dos, era una criatura muy bonita. También estuve en su
velatorio —ella había visto demasiadas cosas de este mundo—. Era una
criatura amable. Un día, iba yo de regreso a casa atravesando ese campo
de más allá, y estaba cansada, y a quién vi aparecer sino a Poisin
Glegeal (la flor resplandeciente) y ella me dio un vaso de leche
fresca». Al decir el color de la plata, esta anciana no se refería a
otra cosa que a algún bonito color vivo porque, aunque un anciano (que
ahora está muerto) me dijo que creía que ella podía saber cuál era «el
remedio para todos los males del mundo» que conocían los duendes, había
visto muy poco oro como para saber cuál era su color. Pero en la costa
de Kinvara, un hombre, que es demasiado joven para recordar a Mary
Hynes, dice: «Todos dicen que ahora ya no hay ninguna tan hermosa; dicen
que tenía un pelo muy bonito, del color del oro. Era pobre, pero los
vestidos que llevaba a diario eran como los del domingo, tal era su
esmero. Y si acudía a alguna reunión, se mataban unos a otros por verla,
y muchos estaban enamorados de ella, pero murió joven. Dicen que nadie
que haga una canción sobre ellos vivirá mucho tiempo».
Se
cree que quienes son muy admirados son llevados por los Sidhe, que
pueden usar los sentimientos incontrolados para sus propios fines, de
manera que, como me dijo en una ocasión un viejo médico herbolario, un
padre puede entregarles a su hijo, o un marido a su mujer. Los admirados
y deseados sólo están a salvo si uno dice: «Que Dios los bendiga»
cuando posa sus ojos en ellos. La anciana que cantaba la canción también
piensa que a Mary Hynes «se la llevaron», como dice la expresión,
«porque se han llevado a muchos que no son guapos y, ¿por qué no habrían
de llevársela?». Y venía gente de todas partes para mirarla y quizá
hubiera algunos que no dijeron: «Que Dios la Bendiga». Un viejo que vive
junto al mar, en Duras, tiene muy pocas dudas de que se la llevaron,
«porque hay algunos que todavía viven que se acuerdan de cuando ella
venía al patrón* de más allá, y se decía que era la muchacha más guapa
de Irlanda». Murió joven porque los dioses la amaban, porque los Sidhe
son los dioses, y es posible que el viejo dicho que olvidamos comprender
literalmente hablara antaño de su forma de morir. Estos pobres hombres y
mujeres de campo, en sus creencias y en sus emociones, están varios
años más cerca de ese antiguo mundo griego, que colocaba la belleza
junto a la fuente de las cosas, que nuestros eruditos. Ella «había visto
demasiadas cosas de este mundo», pero estos ancianos y ancianas, cuando
hablan de ella, culpan a otros, y no a ella, y aunque pueden ser duros,
se dulcifican como se dulcificaron los antiguos hombres de Troya cuando
Helena cruzó la muralla.
El
poeta que la ayudó a adquirir tanta fama ha adquirido él mismo una gran
fama en todo el oeste de Irlanda. Algunos creen que Raftery era medio
ciego y dicen: «Vi a Raftery, un hombre ciego, pero tenía suficiente
vista para verla», o cosas por el estilo, pero otros piensan que era
totalmente ciego, como bien podría haberlo sido al final de su vida. Las
fábulas hacen que todas las cosas sean perfectas en su especie, y sus
ciegos nunca deben contemplar al mundo y el sol. Un día, cuando buscaba
una charca na mna Sidhe en la que se han visto duendes, le pregunté a un
hombre con el que me encontré, ¿cómo podría Raftery haber admirado
tanto a Mary Hynes si hubiese sido del todo ciego? Me dijo: «Creo que
Raftery era ciego del todo, pero los ciegos tienen una manera de ver las
cosas y tienen el poder de saber más, y de sentir más, y de hacer más, y
de adivinar más que quienes tienen vista, y se les concede una cierta
inteligencia y una cierta sabiduría». Efectivamente, todo el mundo te
dirá que era muy sabio, porque no sólo era ciego, sino que también era
un poeta. El tejedor, cuyas palabras sobre Mary Hynes ya he mencionado,
dice: «Su poesía fue el regalo del Todopoderoso, pues hay tres cosas que
son dones del Todopoderoso —la poesía y el baile y los principios—. Por
este motivo, antaño, un hombre ignorante que descendía por la ladera de
la montaña podía tener más educación y más cultura que un hombre con
educación que uno podría conocer ahora, porque las recibía de Dios», y
hay un hombre en Coole que dice: «Cuando ponía el dedo en una parte de
su cabeza, todo le venía, como si estuviera escrito en un libro»; y un
viejo pensionista de Kiltartan dice: «En una ocasión, estaba de pie bajo
un arbusto y le habló, y el arbusto le respondió en irlandés. Algunos
dicen que fue el arbusto el que habló, pero debe de haber habido una voz
encantada dentro de él, y le dio conocimiento de todas las cosas del
mundo. Después de esto, el arbusto se marchitó y ahora puede verse junto
al camino entre este lugar y Rahasine». Hay un poema suyo sobre un
arbusto, que nunca he visto, y es posible que proviniera de un caldero
de fábulas bajo esta forma.
En
una ocasión, un amigo mío conoció a un hombre que había estado con él
cuando murió, pero la gente dice que murió solo. Una tal Maurteen
Gillane le dijo al doctor Hyde que, durante toda la noche, se vio un
chorro de luz que se elevaba hasta el cielo, desde el techo de la casa
donde yacía, y que «eran los ángeles que se lo estaban llevando. Le
hicieron ese honor porque era tan buen poeta y cantaba unas canciones
tan religiosas». Posiblemente, dentro de algunos años la Fábula, que
convierte las mortalidades en inmortalidades en su caldero, habrá
convertido a Mary Hynes y a Raftery en símbolos perfectos del dolor de
la belleza y de la magnificencia y la penuria de los sueños.
1900
II
Hace
un tiempo, estando en un pueblo del norte, tuve una larga charla con un
hombre que había vivido en un distrito rural vecino en su niñez. Él me
contó que, cuando nacía una niña muy hermosa en una familia que no había
destacado por su apariencia física, se creía que su belleza provenía de
los Sidhe y que traería consigo la desgracia. Mencionó los nombres de
varias muchachas hermosas a las que había conocido y dijo que la belleza
nunca había traído felicidad a nadie. Era algo de lo que estar
orgulloso y de temer, dijo. Ojalá hubiese tomado nota de sus palabras en
ese momento, pues eran más pintorescas que mi recuerdo de ellas.
en El crepúsculo celta, 1902
* El «patrón» es un festival en honor a un santo.
A mi Fer, a Yo soy Héctor y a Cristián Andrés
por todo el amor, por toda la compañía
(Fuente: Descontexto)

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