No hay más que un teatro para ciegos
Una inmensidad anónima entre platos del almuerzo
y un vino comprado con lo justo,
oyéndose el ruido de una silla mientras no hay
garantías ni recibos
a la hora de repetirse tanto.
En la ciudad un gran sol artificial ciega
a los autómatas que caminan por las calles,
mientras yo llevo una bolsa con pescado podrido.
Y sí, soy un animal de carga
capaz de encogerse de hombros ante una ilusión óptica.
Construyo mi ataúd para después venderlo y, así, comprar
cantidades oceánicas de objetos rotos.
Una y otra vez.
¿Dónde viví ya esto?
/
En Morfina para los muertos.
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