FRANZ KAFKA
(Aún tengo la vida, 1975)
Con un poco de amor, todo hubiera sido más fácil.
Mi vida hubiera transcurrido con luz exterior
y se me hubiera visto con cierta luminosidad en el corazón;
hubiera podido, por ejemplo, dejarme suceder,
después de un dolor inevitable, en los ojos de un hijo,
en la boca de alguien que me quisiera empecinadamente cerca
o -por qué no- en un simple día de sol;
y el verano no hubiera sido una dura imposición, una evitable
humillación en este mundo difícil habitado por gente pequeña.
Tal vez no hubiera tartamudeado
al decir padre, cuerpo, mujer, alegría,
y hubiera creado un transitorio refugio entre las ruinas
desesperadas
de mis contemporáneos y los contemporáneos de los hombres
por venir.
Y escribir, ese grito inútil y ahogado, no hubiera sido conspiración,
un pozo en el alma que estrangulaba minuto a minuto mi poca
voluntad
por encontrar un lugar que me aceptara para ordenar
estas cosas que alguna vez me persiguieron como lobos.
Mi delito fue haber sospechado la ternura,
creer que era deber del corazón para los otros,
y que un hombre podía disponer de sí mismo
en armonía con el mundo, en comunión con los demás.
¿De qué sirvió? Me transformé en un condenado,
nada ayudó a excomulgar este sentimiento de culpa,
mi grave y honesta inutilidad para acercarme a lo que amé;
y cada vez estoy más seguro que un solo gesto,
una sola expresión de desnuda ternura hubiera cambiado todo
aunque mis fuerzas fueran insuficientes, tan diferente a mamá.
Todo se volvió inconmensurable y frágil.
El resto, como la fiebre pulmonar, era de prever: llenar páginas
y páginas, hundirme en la oscurísima luz de una palabra,
el fraternal entusiasmo de Max por mis cosas
y la tranquilidad de saber que todo quedaría entre nosotros dos
para siempre, ignorado, inconcluso, resuelto en amistad.
Pero en mi corazón sé que todo fue una larga expiación,
una oscura victoria sobre las celdas finales y crueles de cada día,
las infinitas máscaras que me cubrieron como un único traje
durante cuarenta años. Quizá simplifique todo ahora.
Quizá, sí. Quizá, no. Nada altera la miseria humana
y mucho menos un relato, un poema o la confesión de un hombre
aterrado.
¿A quién importa? Moriremos como perros, me acusé un día,
y ojalá no sea cierto. Pero todo, felizmente,
ha terminado, irreparable, ridículamente trágico.
A riesgo de repetirme, de algo creo estar ahora seguro:
con un poco de amor, todo hubiera sido más fácil. Y tal vez,
Quiero creerlo así.
(Fuente: Cecilia Pontorno)
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