lunes, 24 de agosto de 2026

Dante Alighieri (Florencia, 1265 - Rávena, 1321)

 

 

CANTO III -INFIERNO 

 

 
 
 
 
 
“Por mí se va a la ciudad sufriente, 
por mí se va al eterno dolor, 
por mí se va a la perdida gente.

“Justicia movió a mi alto creador, 
me hizo la potestad divina, 
la sabiduría suma y el primer amor.

“No hubo antes de mí cosa creada, 
sino las eternas, y yo eterno vivo; 
dejen toda esperanza los que entran.”

Estas palabras de color oscuro 
vi escritas en lo alto de una puerta; 
y dije:“Maestro, su sentido es duro”.

Y él a mí, como persona sabia:
“Te es preciso aquí dejar todo recelo; 
toda cobardía conviene sea muerta.

“Hemos llegado al mencionado sitio, 
en el que verás a las gentes dolorosas 
que han perdido el bien del intelecto.”


Y luego que su mano posó sobre la mía, 
con dichoso rostro que me reanimó, 
me llevó dentro de las secretas cosas.

Allí, suspiros, llantos y otros ayes 
resonaban en un aire sin estrellas, 
que me hicieron llorar ni bien entré.

Lenguas diversas, horrorosas blasfemias,
palabras de dolor, acentos de ira,
voces altas, roncas, son de manos con ellas,

hacen un tumulto que perpetuo gira, 
en aquel aire sin tiempo, tinto, 
como arena que el turbión arremolina.

Y yo, mi entendimiento confundido, 
dije: “Maestro, ¿qué es lo que oigo?
¿Qué humanos son, por el dolor vencidos?’’

Y él a mí: “Este destino mísero 
tienen las almas tristes de aquellos 
que vivieron sin infamia y sin honor.

“Mezcladas están con el coro perverso 
de ángeles que no fueron rebeldes 
ni fieles a Dios, y para sí fueron.

“Para no ser menos bello, los rechaza el Cielo, 
y el Infierno profundo no los quiere, 
pues darían alguna gloria a aquellos reos."

Y yo: “Maestro, ¿qué es tan grave, 
que los hace lamentar tan fuerte?” 
Respondió: “Te lo diré muy breve.

“No tienen la esperanza de la muerte,
y su ciega vida es tan baja
que envidian cualquiera otra suerte.

“No les quiere dar el mundo fama, 
piedad o justicia los desdeña: 
no hablemos de ellos, mira y pasa.”

Y yo que miraba, vi una enseña 
que girando corría tan ligera 
que a todo sitio parecía ajena;

y la seguía una turba tan gruesa 
de gente, que jamás habría creído 
que la muerte hubiese deshecho a tanta.

Luego que hube reconocido a alguno, 
vi y distinguí la sombra del que hizo (*)
por cobardía el gran renunciamiento.

De inmediato, tuve cierto y entendido 
que era la secta de los condenados 
que no agradan a Dios ni a su enemigo.

Esos infelices, que nunca fueron vivos, 
desnudos iban y picados mucho 
por moscones y avispas de esos sitios.

Les corría la sangre por el rostro, 
que, con lágrimas mezcladas, recogían 
a sus pies gusanos acuciosos.

Y cuando al mirar más allá me di, 
vi gente a la orilla de un gran río; 
por lo que dije: “Maestro, concédeme

sepa quiénes son y por qué motivo 
tan dispuestos a cruzar parecen, 
según en esta poca luz discierno.”

Y él: “A saber tal cosa apróntate 
cuando detengamos nuestro paso 
sobre la triste ribera del Aqueronte.”

Con ojos vergonzosos, cabizbajo, 
temiendo que mi decir le fuese grave, 
camino al río lo acompañé callado.

Y allí, hacia nosotros vino en una nave 
un viejo encanecido de viejísimo pelo, 
gritando:“¡Ay de ustedes, almas crueles!

“¡No esperen nunca contemplar el cielo! 
Vengo a llevarlos hasta la otra orilla, 
a las tinieblas eternas, hielo y fuego.

“Y tú, que eres aún ánima viva, 
apártate de estos, que están muertos.”
Y así que vio que yo no me movía:

“Por otras vías, por otros puertos, 
verás la playa, no por aquí: para pasarte, 
conviene que te lleve barco más ligero.”

Y el duca a él:“Caronte, no te enojes; (**)
así está dispuesto allá donde se puede
lo que se quiere, y nada más preguntes.”

Se aquietó la peluda mejilla, entonces, 
del barquero de los lívidos pantanos, 
de ojos rodeados por círculos llameantes.

Y aquellos espíritus cansados y desnudos 
cambiaron de color y batieron dientes 
cuando entendieron el sentido crudo.

Maldijeron a Dios y a sus progenitores, 
la especie humana, tiempo y sementeras 
de sus semillas y de sus orígenes.

Después se retiraron todas juntas, 
llorando fuerte, al margen perverso 
que al hombre que no teme a Dios espera.

Caronte, demonio con ojos de carbunclo, 
gesticulando se las lleva a todas; 
a la que tarda golpea con el remo.

Como en otoño se van las hojas 
una tras otra, hasta que las ramas 
rinden todo su despojo a tierra,

de esta manera la simiente mala 
de Adán se arrojaba una a una, 
como pájaro a la seña que lo llama.

Así se marchaba por la onda bruna 
y antes de que descendiese, 
se formaba aquí una nueva escuadra.

“Hijo mío”, dijo el maestro cortés, 
“los que mueren en la ira de Dios 
llegan aquí desde todos los países:

“y están prontos a cruzar el río, 
porque la divina justicia los espolea 
tanto, que el temor cambia en deseo.

“Por aquí no pasa ánima buena; 
luego, si Caronte se te queja, 
bien sabes ahora por qué truena.”

Dicho esto, la sombría campaña 
tembló tan fuerte, que su espanto 
la mente de sudor aún me baña.

La tierra lagrimosa estalló en viento 
y relampagueó una luz bermeja, 
que me doblegó todo sentimiento;

y caí, como al que el sueño rapta.
 
 
 

(De: La Divina Comedia;
Infierno, edhasa, 2015)
Dante
               (Traducción y notas: Jorge Aulicino)


’Per me si va ne la città dolente, 
per me si va ne l’etterno dolore, 
per me si va tra la perduta gente.

Giustizia mosse il mio alto fattore; 
fecemi la divina podestate, 
la somma sapienza e ’1 primo amore.

Dinanzi a me non fuor cose create 
se non etterne, e io etterno duro.
Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate’.

Queste parole di colore oscuro
vid’ io scritte al sommo d’una porta;
per ch’io: «Maestro, il senso lor m’è duro».

Ed elli a me, come persona accorta:
«Qui si convien lasciare ogne sospetto; 
ogne viltà convien che qui sia morta.

Noi siam venuti al loco ov’ i’ t’ho detto 
che tu vedrai le genti dolorose 
c’hanno perduto il ben de l’intelletto».


E poi che la sua mano a la mia puose 
con lieto volto, onci’ io mi confortai, 
mi mise dentro a le segrete cose.

Quivi sospiri, pianti e alti guai 
risonavan per l’aere sanza stelle, 
per ch’io al cominciar ne lagrimai.

Diverse lingue, orribili favelle, 
parole di dolore, accenti d’ira, 
voci alte e fioche, e suon di man con elle

facevano un tumulto, il qual s’aggira 
sempre in quell’ aura sanza tempo tinta, 
come la rena quando turbo spira.

E io ch’avea d’error la testa cinta, 
dissi: «Maestro, che è quel ch’i’ odo? 
e che gent’ è che par nel duol sì vinta?».

Ed elli a me: «Questo misero modo 
tegnon l’anime triste di coloro 
che visser sanza ’nfamia e sanza lodo.

Mischiate sono a quel cattivo coro 
de li angeli che non furon ribelli 
né fur fedeli a Dio, ma per sé fuoro.

Cacciatili i ciel per non esser men belli, 
né lo profondo inferno li riceve, 
ch’alcuna gloria i rei avrebber d’elli».

E io: «Maestro, che è tanto greve 
a lor che lamentar li fa sì forte?». 
Rispuose: «Dicerolti molto breve.

Questi non hanno speranza di morte, 
e la lor cieca vita è tanto bassa, 
che ’nvidi'osi son d’ogne altra sorte.

Fama di loro il mondo esser non lassa;
misericordia e giustizia li sdegna:
non ragioniam di lor, ma guarda e passa».

E io, che riguardai, vidi una ’nsegna 
che girando correva tanto ratta, 
che d’ogne posa mi parea indegna;

e dietro le venia sì lunga tratta 
di gente, ch’i’ non averei creduto 
che morte tanta n’avesse disfatta.

Poscia ch’io v’ebbi alcun riconosciuto, 
vidi e conobbi l’ombra di colui 
che fece per viltade il gran rifiuto.

Incontanente intesi e certo fui 
che questa era la setta d’i cattivi, 
a Dio spiacenti e a’ nemici sui.

Questi sciaurati, che mai non fur vivi, 
erano ignudi e stimolati molto 
da mosconi e da vespe ch’eran ivi.

Elle rigavan lor di sangue il volto, 
che, mischiato di lagrime, a’ lor piedi 
da fastidiosi vermi era ricolto.

E poi ch’a riguardar oltre mi diedi, 
vidi genti a la riva d’un gran fiume; 
per ch’io dissi: «Maestro, or mi concedi

ch’i’ sappia quali sono, e qual costume 
le fa di trapassar parer sì pronte, 
com’ i’ discerno per lo fioco lume».

Ed elli a me: «Le cose ti fier conte 
quando noi fermerem li nostri passi 
su la trista riviera d’Acheronte».

Allor con li occhi vergognosi e bassi, 
temendo no ’1 mio dir li fosse grave, 
infino al fiume del parlar mi trassi.

Ed ecco verso noi venir per nave 
un vecchio, bianco per antico pelo, 
gridando: «Guai a voi, anime prave!

Non isperate mai veder lo cielo: 
i’ vegno per menarvi a l’altra riva 
ne le tenebre etterne, in caldo e ’n gelo.

E tu che se’ costì, anima viva, 
partiti da cotesti che son morti».
Ma poi che vide ch’io non mi partiva,

disse: «Per altra via, per altri porti 
verrai a piaggia, non qui, per passare: 
più lieve legno convien che ti porti».

E ’l duca lui: «Caron, non ti crucciare:
vuoisi così colà dove si puote
ciò che si vuole, e più non dimandare».

Quinci fuor quete le lanose gote
al nocchier de la livida palude,
che ’ntorno a li occhi avea di fiamme rote.

Ma quell’ anime, ch’eran lasse e nude, 
cangiar colore e dibatterò i denti, 
ratto che ’nteser le parole crude.

Bestemmiavano Dio e lor parenti, 
l’umana spezie e ’l loco e ’l tempo e ’l seme 
di lor semenza e di lor nascimenti.

Poi si ritrasser tutte quante insieme, 
forte piangendo, a la riva malvagia 
ch’attende ciascun uom che Dio non teme.

Caron dimonio, con occhi di bragia 
loro accennando, tutte le raccoglie; 
batte col remo qualunque s’adagia.

Come d’autunno si levan le foglie 
l’una appresso de l’altra, fin che ’l ramo 
vede a la terra tutte le sue spoglie,

similemente il mal seme d’Adamo 
gittansi di quel lito ad una ad una, 
per cenni come augel per suo richiamo.

Così sen vanno su per l’onda bruna, 
e avanti che sien di là discese, 
anche di qua nuova schiera s’auna.

«Figliuol mio», disse ’l maestro cortese, 
«quelli che muoion ne l’ira di Dio 
tutti convegnon qui d’ogne paese;

e pronti sono a trapassar lo rio, 
che la divina giustizia li sprona, 
sì che la tema si volve in disio.

Quinci non passa mai anima buona;
e però, se Caron di te si lagna,
ben puoi sapere omai che ’l suo dir suona».

Finito questo, la buia campagna 
tremò sì forte, che de lo spavento 
la mente di sudore ancor mi bagna.

La terra lagrimosa diede vento, 
che balenò una luce vermiglia 
la qual mi vinse ciascun sentimento;


e caddi come l’uom cui sonno piglia.


Notas al Canto III

(*) Refiere, según algunos, a Pilatos; según otros, a Diocleciano, que abdicó del Imperio, o a un jefe del ala de los blancos en el partido de los güelfos de Florencia. Lo más probable -y por las defensas que ha suscitado, incluso- es que aluda a Celestino V, quien fue Papa por unos meses en 1294 y abdicó. Celestino V (el benedictino Pietro Angeleri di Murrone) reinó desde una celda, monacal, en Nápoles, al abrigo del segundo Carlos de Anjou, rey de Ñapóles, lejos de la riqueza de la que había abjurado al hacerse eremita. Rodeado de monjes “espirituales”, su reinado duró apenas cinco meses en una época de fuertes luchas políticas, en la que el trono de San Pedro estuvo vacío durante más de dos años. Murió en 1296 en el confinamiento al que lo arrojó su sucesor, Bonifacio VIII. Dante tal vez consideraba la renuncia como una ofensa a la causa de Roma; sin embargo, Celestino no está entre los traidores, en lo más hondo del Infierno, sino entre los que no toman partido. La Iglesia lo santificó en 1313.

(**) Duca designaba, antiguamente, al conductor político, no necesariamente titular de un ducado (dux, duque). Dante lo usa en este sentido para mencionar a Virgilio, y no como metáfora de guía espiritual o maestro, pues en el Canto Segundo le dice: Tu dux, tu signore, tu muestro, con lo que el guía espiritual es identificado además como señor y condottiero. Por esto, se prefirió no traducir el término.



Dante Alighieri (Florencia, 1265 - Rávena, 1321) Poeta italiano. Si bien sus padres, Alighiero de Bellincione y Gabriella (Bella), pertenecían a la burguesía güelfa florentina, Dante aseguró siempre que procedía de familia noble, y así lo hizo constar en el Paraíso (cantos XV y XVI), en donde trazó un vínculo familiar con su supuesto antepasado Cacciaguida, quien habría sido armado caballero por el emperador Conrado II de Suabia. Durante sus años de estudio Dante Alighieri coincidió con el poeta Guido Cavalcanti, representante del dolce stil nuovo, unos quince años mayor que él, con quien intimó y de quien se convirtió en discípulo. Según explica en su autobiografía más o menos recreada poéticamente Vida nueva, en 1274 vio por primera vez a Beatriz Portinari, cuando ella contaba ocho años y él tan sólo uno más; el apasionado y platónico enamoramiento de Dante tendría lugar al coincidir de nuevo con ella nueve años más tardeEn 1285 Dante tomó parte en el asedio de Poggio di Santa Cecilia, defendido por los aretinos, y dos años más tarde se trasladó a Bolonia, quizás a estudiar, si bien se tienen dudas en lo referente a su paso por la universidad de dicha ciudad. Sí hay pruebas, en cambio, de su participación, en calidad de «feritore» de a caballo, en la batalla de Campaldino, en la cual se enfrentó a los gibelinos de Arezzo. En 1290 murió Beatriz, y un año más tarde Dante contrajo matrimonio con Gemma di Manetto, con quien tuvo cuatro hijos. En 1295 se inscribió en el gremio de médicos y boticarios, y a partir del mes de noviembre empezó a interesarse por la política municipal florentina; entre mayo y septiembre del año siguiente fue miembro del Consejo de los Ciento, y en 1298 participó en la firma del tratado de paz con Arezzo. En 1300, y en calidad de embajador, se trasladó a San Gimignano para negociar la visita de representantes de la Liga Güelfa a Florencia, y entre el 15 de junio y el 14 de agosto ocupó el cargo de prior, máxima magistratura florentina. En octubre de 1301, y tras oponerse al envío de tropas para ayudar al papa Bonifacio VIII, Dante fue designado embajador ante el pontífice, a quien ofreció un tratado de paz. El Papa, sin embargo, lo retuvo en Roma en contra de su voluntad, con la intención de ayudar en Florencia a la facción güelfa opuesta a la de Dante, sector que a la postre se hizo con el control de la ciudad y desterró a sus oponentes. Acusado de malversación de fondos, Dante fue condenado a multa, expropiación y exilio, y más tarde a muerte en caso de que regresara a Florencia. A partir de esta fecha Dante inició un largo exilio que iba a durar el resto de su vida: residió en Verona, Padua, Rímini, Lucca y, finalmente, Ravena, ciudad en la cual fue huésped de Guido Novello de Polenta y donde permaneció hasta su muerte. Obras: La influencia de la poesía trovadoresca y estilnovista sobre Dante Alighieri queda reflejada en su Vida nueva, conjunto de poemas y prosas dirigidos a Beatriz, razón de la vida del poeta y también de sus tormentos, y sus Rime Petrose, dirigidas a una amada supuesta, a la que escribe sólo para disimular ante los demás su verdadero amor. El juego poético-amoroso oscila entre la pasión imposible y la espiritualizada idealización de la figura de su amada, aunque las rígidas formas del estilnovismo adquieren una fuerza y sinceridad nuevas en manos de Dante. El experimentalismo de los poemas de Dante Alighieri y la búsqueda consciente de un estilo propio culminarán finalmente en La Divina Comedia, una de las cumbres de la literatura universal. Escrita en tercetos, se resume en ella toda la cosmología medieval mediante la presentación del recorrido del alma de Dante, guiada primero por Virgilio y más adelante por Beatriz, en la expiación de sus pecados en tres cantos: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Con un lenguaje vívido y de gran riqueza expresiva, el poeta mezcla los elementos simbólicos con referencias a personajes históricos y mitológicos, hasta construir una equilibrada y grandiosa síntesis del saber acumulado por el hombre desde la Antigüedad clásica hasta la Edad Media.

IMAGEN: "Infierno del Dante", grabado de William Blake.

 

(Fuente: La biblioteca de Marcelo Leites) 

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