«Variaciones Victoria»
Tres poemas
I
Llegó
envuelta en periódicos dentro de una caja de cartón. Antonio Ciudad, un
amigo médico, me la trajo de la Facultad de San Fernando porque yo le
había comentado mis inquietudes y recuerdos. Mi primera vocación fue la
medicina y sabía que muchos estudiantes tienen cráneos para sus estudios
de Anatomía. El visitante era así la sombra de una antigua inclinación.
Señalaba una línea con el pasado y una perplejidad. Además yo albergaba
entonces un pathos romántico que ya no poseo. Supongo que por eso permití que entrara en mi casa hace casi treinta años.
Un
cráneo en nuestro espacio privado supone una descolocación. Es el nudo
de una existencia clausurada que accede a nuestra cercanía. Al principio
todo es asedio. ¿Quién fue? ¿Se trató de un hombre o de una mujer?
¿Cómo vivió su infancia, si acaso la tuvo? ¿Por qué la realidad lo
condujo a los márgenes? ¿A quién recordaba con insistencia? ¿Por qué
extravió su identidad y acabó en los gabinetes anatómicos? Cargué la
caja con cuidado y ubiqué el cráneo en un espacio superior de mi
biblioteca. Durante meses imantaba mis ojos cada vez que entraba en la
habitación, hasta que se volvió invisible como sucede con las realidades
y cosas que se tornan familiares. Es una traslación paulatina: el
sujeto desaparece y se convierte en objeto. Cesa su existencia. Pasaron
varios meses y un día me convencí de que necesitaba un nombre. Será
Victoria, me dije. Victoria: tres sílabas como campanadas de
advertencia.
II
Nombres
comunes y nombres propios. Así aprendimos en los pupitres de madera del
colegio. Pupitre es un nombre común. Con la aguja del compás dejábamos
nuestras marcas en la superficie de la madera: una línea, una inicial,
algún dibujo incomprensible. No importaba que nos castigaran, porque era
más importante contrarrestar la pluralidad del mundo. El nombre común
es un universal. Designa una clase de seres: todos los pupitres que han
existido y existen, también los que aún no han sido fabricados. El
nombre propio señala un ser único que transcurre en una porción de
tiempo singular con principio y fin. El nombre propio es identidad y
diferencia: el uno enfrentado a los otros vertiginosos que nos rodean.
Al poner un nombre somos pequeños dioses. Así ocurre cuando bautizamos a
nuestros hijos y adquieren un contorno en el instante de nuestro soplo.
Cráneo es un nombre común. Victoria es solo Victoria. En sus huesos
empieza un río que cesará cuando se desvanezca su nombre y vuelva a ser
un cráneo.
Ahora
es Victoria. No puede haber un error al deletrear su nombre, tampoco
una omisión. Victoria es la diferencia que se opone a la indiferencia.
III
Dos
cuerdas en mis manos. Una para atarme a mí. La otra, a Victoria. Todos
necesitamos atarnos al tiempo, al amor que es un caracol, a los
espejismos. Atamos nuestro exterior para que no huya el interior. Atamos
el interior para que el exterior se abisme y pueda consolarnos.
Trenzas, cintas, guedejas, cadenas de piel o luz: así inmovilizamos
frisos o elefantes, fijamos los ojos ciegos de las estatuas, anudamos
las llaves de nuestra casa, el tímpano de los días perdidos.
Dos
cuerdas en mis manos. Con ellas tejo una enorme red y me convenzo de
que Victoria es mi araña de amor. Temo a las arañas y al amor, a las
mariposas lanudas que trazan caminos en la noche, a las escolopendras.
Victoria es una escolopendra, una princesa montada en una mariposa
lanuda que me ata para carnar. Yo la desato. La duermo en mis
pensamientos, la descarno. Soplo con una flauta china su
martillo-yunque-estribo que ya no están. Algún día no estaré y seré un
nombre común. También se perderán mis huesecillos auditivos y no
reconoceré mi nombre propio cuando me llames.
Publicado por Máquina Purísima, 2022
(Fuente: Descontexto)


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