Sextina de los desiguales
Un asno soy ahora, y miro a yegua, bocado del caballo y no del asno, y después rozo un pétalo de rosa, con estas ramas cuando mudo en olmo, en tanto que mi lumbre de gran día, el pubis ilumina de la noche. Desde siempre amé a la secreta noche, exactamente igual como a la yegua, una esquiva por ser yo siempre día, y la otra por mirarme no más asno, que ni cuando me cambio en ufano olmo, conquistar puedo a la exquisita rosa. Cuánto he soñado por ceñir a rosa, o adentrarme en el alma de la noche, mas solitario como día u olmo he quedado y aun ante rauda yegua, inalcanzable en mis momentos de asno, tan desvalido como el propio día. Si noche huye mi ardiente luz de día, y por pobre olmo olvídame la rosa, ¿cómo me las veré luciendo en asno? Que sea como fuere, ajena noche, no huyáis del día; ni del asno, ¡oh yegua!; ni vos, flor, del eterno inmóvil olmo. Mas sé bien que la rosa nunca a olmo pertenecerá ni la noche al día, ni un híbrido de mí querrá la yegua; y sólo alcanzo espinas de la rosa, en tanto que la impenetrable noche, me esquiva por ser día y olmo y asno. Aunque mil atributos tengo de asno, en mi destino pienso siendo olmo, ante la orilla misma de la noche; pues si fugaz mi paso cuando día, o inmóvil punto al lado de la rosa, que vivo y muero por la fina yegua. ¡Ay! ni olmo a la medida de la rosa, y aun menos asno de la esquiva yegua, mas yo día ando siempre tras la noche.
(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

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