Tener hambre
* A los dos años me quedaba dormida comiendo queso, despertaba y retomaba la tarea de masticar y tragar. Meses antes, en la casa de mi abuela, casi muero atorada al engullir completa la pechuga de pollo que una prima, apenas un año mayor, desmenuzaba para mí. Mi hermano tuvo un hámster que se llenaba los cachetes con semillas, granos de maíz y nueces, indiferente a mi glotonería, a la envidia fulminante de mi mirada. Aún hoy imagino que palpo la delgada piel con que envolvía los alimentos. Aún hoy me pregunto si dormía con la boca llena como yo. Si le urgía llenar la pequeña concavidad que custodiaban sus labios como a mí. Me pregunto si cargaba un hambre indómita, un hambre apoteósica, un hambre demencial y abarcante como el hambre misma, un hambre proscrita, un vacío rabioso e imperecedero en las entrañas como este hueco que no tengo forma de llenar. ** Sacarse la comida de la boca es una expresión común para referirse a los esfuerzos que hacen las madres por sus crías. En el colegio compartíamos los chicles masticados siempre que aún conservaran algo de sabor. Si mi madre se enterara torcería los ojos en una mueca de asco y decepción. Nunca le contaré que en los restaurantes miro las sobras de las mesas vecinas y retengo el impulso de abalanzarme sobre ellas como una desquiciada como una muerta de hambre como una pecadora incontenible. Nunca le diré que a veces pienso en comulgar solo para poder comer. *** Más que los cachetes elásticos del hámster, quisiera la mandíbula desencajada de las boas. Una mandíbula que amolde mi cuerpo al placer de la voracidad. Saciar mi apetito con presas que me sobrepasen. Me imagino zigzagueando en medio del ganado, toda yo, larga, extendida, llena a rebosar con miles de pequeños ratones y lo que guardan en sus bolsas de piel. Me gusta imaginar el crujido, un ternero que se dobla en mis profundidades. Relamerme en el eco de su fractura. Siento la materia transformándose dentro de mí. La siento mezclarse con mis fluidos, fundirse conmigo hasta ser una con mi hambre. De las termitas aprendí a procesar la celulosa a escalas industriales, a desaparecer la evidencia y a sorber hasta mi propio rastro. No miento cuando digo que quiero comerme el mundo
(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

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