jueves, 6 de agosto de 2026

Héctor Giuliano (Murazzano, Italia, 1947 / Reside en San Juan, Argentina)

 

 

No pisé
los arcos solitarios
de las islas más bellas
que el terrestre infundio
afortunó,
donde sol y frutas
vaciaban
la noche y el sueño en la cara.
 
Chatos peñascos,
cenizas veladas,
no fidedignos
estos islotes
cubiertos de guano marino
y ampollas de arena.
 
Oh, cómo se llamaría
esa yegüita
dejada muerta,
torcido el hocico
y belfos salidos de un ojo. 
 
Dónde
el gentío todo,
ligero de lenguas
y tornadizo de cabeza,
¿dónde?
¿guarecido de la lluvia pobre
entre adobes bélicos
y relojes que anuncian
la nieve del aire?
¿dónde?
¿la certidumbre
que marca la saciedad vital
y la derrota del niño
que furioso despierta
ausente de pezones y trapos?
 
Este
mapa de estrellas australes,
oh,
extraviando
un país volado de lechuzas
y voces que en latín
desdichan la gracia.
Voces que permiten
leer la crueldad
que anida bajo techos
y lechos, casi perennes de sal.
 
Oh, la propiedad
traviesa de hallado palacio,
tan robo y muerte,
tan juntamente a extramuros
del mórbido mentón
de la injusticia,
y la matricia esclavatura
de dientes y babas
en albor de pascuas
y oscuridad de grutas.
 
Azache petulante,
oh, ráfaga del bronce invasor,
por cuanto sangre nueva
en sangre vieja,
borbollan secas.

- Inédito
 

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