Leyendo a Rilke en Berlín
Me astillé en el inglés del modo en que mi padre se aferró
a su maleta en el aeropuerto: derrotada y no-estadounidense.
Necesité doce primaveras extrañas para entender que nada
ocurre de súbito. ¿Cómo lo dejo ir?
Se me ha robado poco y los fantasmas
de la infancia aún me susurran, es decir,
nadie me ha tocado las partes más íntimas.
En la clase de reducción del acento, mi profesor
me ordenó dar vuelta la lengua como en amor.
Entonces, me echo sobre un pavimento. Bajo tu elegía. Dentro de un puente.
Qué osadía querer poner en mi interior una oración perfecta.
¿Qué hubiera hecho Lou Salomé?
Me absolví cada año alrededor del sol
sabiendo que hay un olor animal enganchado
a una línea que lleva más allá de una frontera que yo
nunca cruzaré. Pero qué es el exilio
exactamente. Qué exactitud. Padre dice howa por hora, allo por hola.
Padre dice iz gud, don’t come bag, eat frood, green card.
Si pudiera explicarle la diferencia entre existir
y exilio quizás otros también escucharían la ley
en Alá. Cuando le preguntaron a mi madre de dónde venía,
ella sonrió y respondió: fine, ou hare yu?
Ah, metí mi mano hasta el fondo
de la boca del oficial y arranqué su lengua,
luego la puse bajo mi almohada, y esperé
a que floreciera nueva mi sangre.
(traducción de Enrique Winter y Catalina Ponce)(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

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