El balde azul
se conoce a sí mismo
y desconoce
la tramoya atómica
que enrevesa partículas y órbitas.
Está
sobre la mesa ardida
en siesta de 43°,
y estará
el lunes que viene,
el que sobrevendrá
y el año que viene,
Dios mediante.
No sabe de metáforas,
eslóganes, contriciones,
crueldades y cápsulas espaciales.
No posee cosas,
mascotas, platos favoritos,
alma o hinchazón de la misma,
pero posee tal otra
que por pudor o epílogo indeseado
no manifiesta.
Y nada posee
que sea reconocible.
Es inconsecuente
a las exulceraciones de Kant
hidrostático en las bolsas
acuáticas de Engels
y sueña plácido con Dionisos.
Cierto:
el mundo canta y baila:
en derredor del fuego,
en la playa o el crucero caribeño:
rancheras, pasodobles,
lambada de ombligo y sobaco,
himnos lustrales;
canta enharinado y psicopateado,
y canta ensangrentado y empastillado,
su vera historia y las otras.
El horizonte celeste
discurre sobre ejes,
y ojos y lenguas le argumentan
un buen sofisma,
una filiada escolástica,
una chispa usurpada.
Y el balde azul
que no es balde ni azul,
ganglio o software,
siquiera famélico,
discreto así rebatible,
glotón así esgrimista,
puede que sea
un cuerpo o iniquidad del vacío,
de repletos que aúllan,
inoculados.
- Inédito-
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