Menaa
Hasta en invierno el día era un dulce vergel cuando el paso del Guerza se atascaba de nieve y las granadas no eran más que unas frutas: solo su cáscara de cuero sangraba a mordiscones. Nos íbamos al monte, a reír escondidos y ya: sólo buscaban su presa los fusiles y, cuando la montaña saltaba por los aires dinamitada, era el maestro de la escuela, mi papá, para abrirle camino a su Citroën. En las casas no había necesidad de puertas porque las caras se abrían en las caras y los vecinos iban por ahí vecineando: no existía la noche, que era para dormir. Esto era en los Aurés en Menaa “comuna mixta de Arris” como dicen los diarios Mi infancia y las delicias nacieron allá en Menaa: “comuna mixta de Arris” y mis pasiones veinte años después son el fruto de sus predilecciones del tiempo en que los pájaros caídos de los nidos también caían de las manos de Nedjaï al fondo de mis ojos chaouíes. Friolento como un lirio mi amigo Nedjaï desnudo bajo su gandoura azul corría por la tarde en degradé deslizándose sobre los alacranes grises del Oued El Abdi detrás de los chacales con su brillo riéndose a cuello abierto. Y en un ángulo agudo –liso sobre sus zancos– lanzaba para ver con claridad hasta el fin del espacio la luna con su honda Ahora estamos en guerra en mi pueblo también, que replegó sus kilómetros de alegría. como bajo unas alas grises de mariposa multiforme, y empolla en sus casuchas de zinc los placeres en germen que ya no existen más Afuera, sólo huertos cuyas tardes de azúcar volvían más meloso el viento que una abeja; sólo los pies descalzos de Nedjaï y el ruido al pisar las raíces de mi infancia enterrada bajo los sedimentos de miedo, odio y sangre, porque es sangre lo que late en el Oued el Abdi: trae alacranes gordos como heridas, lo único que va a quedar de los cuerpos martirizados. Estamos en guerra y el cielo con su espuma de helicópteros salta dinamitado se calienta la tierra en torrentes de miel que cubren las esquirlas de cerámica azul del cielo blanco el ruido de las hélices reemplazó a las abejas Los Aurès se estremecen por las caricias de las radios clandestinas y se propaga el soplo de la libertad por las ondas eléctricas y vibra como el pelaje tormentoso de una fiera borracha de ese súbito oxígeno abriéndose camino en cada pecho Los ruidos se disipan con el tiempo y con la tibieza de la atmósfera ahora estamos en guerra pero muda tras las puertas de Batna miro en cámara lenta en la pantalla de mi infancia un combate silencioso A la luz de mi edad confieso: todo lo que me toca en el mundo hasta el alma proviene de un macizo rosa y blanco en los mapas de los manuales de geografía de la escuela y se parece a él no sé por qué alegría líquida en la que toda mi infancia destiñó. Todo lo que amo y todo lo que hago tiene ahí sus raíces, del otro lado del Paso del Guerza, en Mena donde sé que aún me espera ese primer amigo, porque creció en la carne de mi corazón. Si el mundo alrededor envejeció veinte años guarda en su piel aún mis amores chaouíes.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib

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