viernes, 7 de agosto de 2026

Anna Gréki (Batna, 1931- Argel, Argelia, 1966)

 

 

 

Menaa

 

Hasta en invierno el día era un dulce vergel 
cuando el paso del Guerza se atascaba de nieve 
y las granadas no eran más que unas frutas: solo
su cáscara de cuero sangraba a mordiscones.
Nos íbamos al monte, a reír escondidos
y ya: sólo buscaban su presa los fusiles
y, cuando la montaña saltaba por los aires
dinamitada, era el maestro de la escuela,
mi papá, para abrirle camino a su Citroën.
En las casas no había necesidad de puertas
porque las caras se abrían en las caras
y los vecinos iban por ahí vecineando:
no existía la noche, que era para dormir.

Esto era en los Aurés
en Menaa
“comuna mixta de Arris”
como dicen los diarios

Mi infancia y las delicias
nacieron allá
en Menaa: “comuna mixta de Arris”
y mis pasiones veinte años después
son el fruto de sus predilecciones
del tiempo en que los pájaros caídos de los nidos
también caían de las manos de Nedjaï
al fondo de mis ojos chaouíes.
Friolento como un lirio
mi amigo Nedjaï
desnudo bajo su gandoura azul
corría por la tarde en degradé
deslizándose sobre los alacranes grises
del Oued El Abdi
detrás de los chacales con su brillo
riéndose a cuello abierto.
Y en un ángulo agudo –liso
sobre sus zancos–
lanzaba para ver con claridad
hasta el fin del espacio
la luna con su honda

Ahora estamos en guerra en mi pueblo también,
que replegó sus kilómetros de alegría.  
como bajo unas alas grises de mariposa
multiforme, y empolla en sus casuchas de zinc
los placeres en germen que ya no existen más
Afuera, sólo huertos cuyas tardes de azúcar
volvían más meloso el viento que una abeja;
sólo los pies descalzos de Nedjaï y el ruido
al pisar las raíces de mi infancia enterrada
bajo los sedimentos de miedo, odio y sangre,
porque es sangre lo que late en el Oued el Abdi:
trae alacranes gordos como heridas, lo único
que va a quedar de los cuerpos martirizados. 

Estamos en guerra
y el cielo con su espuma de helicópteros
salta dinamitado
se calienta la tierra
en torrentes de miel
que cubren las esquirlas de cerámica azul
del cielo blanco
el ruido de las hélices
reemplazó a las abejas

Los Aurès se estremecen
por las caricias de las radios clandestinas
y se propaga el soplo de la libertad 
por las ondas eléctricas
y vibra como el pelaje tormentoso 
de una fiera borracha de ese súbito oxígeno
abriéndose camino en cada pecho

	Los ruidos se disipan
	con el tiempo y con la tibieza de la atmósfera
	ahora estamos en guerra pero muda
	tras las puertas de Batna
	miro en cámara lenta en la pantalla
	de mi infancia un combate silencioso
	
A la luz de mi edad confieso: todo 
lo que me toca en el mundo hasta el alma 
proviene de un macizo rosa y blanco en los mapas
de los manuales de geografía de la escuela
y se parece a él no sé por qué alegría
líquida en la que toda mi infancia destiñó. 
Todo lo que amo y todo lo que hago
tiene ahí sus raíces,
del otro lado del Paso del Guerza, en Mena
donde sé que aún me espera ese primer amigo,
porque creció en la carne de mi corazón. Si
el mundo alrededor envejeció veinte años
guarda en su piel aún mis amores chaouíes. 
 
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
  


 

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