domingo, 25 de enero de 2026

Wallace Stevens (Reading, EE. UU., 1879-Hartford, EE.UU., 1955)

 

 

 Wallace Stevens - Versos largos y lentos

 

 

Domingo por la mañana

I

Placeres de la bata, el café demorado
y naranjas en una silla al sol,
la verde libertad de una cotorra,
se mezclan en la alfombra, disipando el sagrado
silencio del antiguo sacrificio.
Ella, que sueña un poco, percibe la sombría
intromisión de aquella vieja calamidad
como, entre luces de agua, se oscurece un sosiego.
Las ácidas naranjas y las alas brillantes
y verdes parecieran de una procesión fúnebre;
giran en anchas aguas, sin sonido.
El día como anchas aguas, sin sonido,
fijo para que pasen los ensoñados pies
de ella sobre los mares rumbo a una Palestina
muda, aquel señorío de sangre y de sepulcro.


 
II

¿Por qué daría ella su bonanza a los muertos?
¿Qué es la divinidad si aparece entre sombras
silenciosas y en sueños solamente?
¿No encontraría ella en consuelos del sol,
en frutas ácidas y alas brillantes,
verdes, en cualquier bálsamo o belleza terrena,
cosas a valorar como la idea del cielo?
Toda divinidad ha de vivir consigo:
pasiones de la lluvia o humores en la nieve
que cae, duelos a solas o alegrías controladas
cuando el bosque florece; fúricas emociones
en húmedos caminos y en noches otoñales;
todo placer y toda pena con el recuerdo
del tallo veraniego y la rama invernal.
Estas son las medidas tomadas para su alma.


 
III

Júpiter en las nubes tuvo un parto inhumano.
Nadie lo amamantó, ninguna dulce tierra
dio a su mítica mente noción de señorío.
Caminó entre nosotros como lo haría un rey
murmurante y magnífico entre sus cervatillas,
hasta que nuestra sangre virginal y mezclada
con el cielo hizo tal desagravio al deseo
que, en un astro, las mismas manos se percataron.
Nuestra sangre, ¿falló? ¿O es que habrá de volverse
sangre del paraíso? ¿O habrá de ser la tierra
el paraíso entero que hemos de conocer?
Más amigable, entonces, será el cielo que ahora
—una parte, trabajo y otra parte, dolor—,
y próximo a la gloria, el amor duradero,
no este azul que divide, indiferente.


 
IV

“Soy feliz”, dice ella, “cuando, antes de su vuelo,
los pájaros despiertos prueban la realidad
de los campos brumosos con sus dulces preguntas.
Pero cuando los pájaros se han marchado y sus cálidos
campos no vuelven, ¿dónde se encuentra el paraíso?”
No hay refugio para la profecía,
ni existe más la vieja quimera del sepulcro,
ni tampoco el dorado subsuelo o la melódica
isla donde regresan a casa los espíritus;
ni el visionario sur, ni nubosa palmera,
distante en la colina del cielo, que perdure
como el verde de abril, como el recuerdo
de pájaros despiertos que ella tiene
o su deseo de junio y noche, rematado
por la consumación de alas de golondrina.


 
V

“Aun feliz”, dice ella, “no dejo de sentir
la urgencia de una dicha duradera.
Madre de la belleza es la muerte; por tanto,
de ella sola vendrán a cumplirse los sueños
y deseos de nosotros. Aunque esparce las hojas
de exterminio seguro sobre nuestros caminos,
la pena hizo camino —esos muchos caminos
donde tocase el triunfo su frase de metal
o el amor susurrara un poco de ternura—,
ella hace que el sauce tiemble al sol
para muchachas que solían sentarse
a contemplar la hierba, confiadas, a sus pies;
que los chicos apilen frescas ciruelas, peras
en un plato ignorado. Las prueban las muchachas
que vagan con vehemencia entre el desecho de hojas.


 
VI

¿No habrá en el paraíso algo en vez de la muerte?
¿Jamás caerá la fruta madura? ¿Colgarán
con su peso las ramas en el cielo perfecto,
sin cambios, semejante a nuestra tierra agónica,
con ríos como los nuestros que buscan unos mares
que no hallarán, las mismas costas que ya se alejan
y no se tocan nunca con punzada incoherente?
¿A qué ofrecer las peras a orillas de esos ríos
o sazonar las costas con aroma a ciruela?
¡Que lucieran ahí nuestros colores,
los sedosos tejidos de nuestro atardecer,
y rasgaran las cuerdas de nuestro laúd insípido!
Madre de la belleza, y mística, es la muerte,
dentro de cuyo seno ardoroso ideamos
a las madres terrenas que, sin dormir, aguardan.


 
VII

Ágil y turbulento, un círculo de gente
cantará en una orgía al alba veraniega
su alborotada devoción al sol,
no cual dios sino, como un dios podría estar,
desnudo entre personas como fuente salvaje.
Su canto habrá de ser canto del paraíso,
brotado de su sangre y que retorna al cielo;
y a ese canto entrará, voz a voz, el ventoso
lago donde su amo se deleita,
árboles parecidos a un serafín, colinas
que hacen eco, ese coro entre ellos que perdura.
Conocerán muy bien la amistad celestial
de gente fallecida, del alba veraniega.
De dónde es que vinieron y adónde se dirigen,
el rocío en sus pies lo hará evidente.


 
VIII

Ella, sobre las aguas sin sonido,
oye una voz que exclama: “La tumba en Palestina
no es un portal de espíritus que siguen merodeando;
se trata de la tumba de Jesús, donde él yace”.
Vivimos en un viejo caos del sol
o en vieja dependencia del día y de la noche,
o en soledad isleña y sin auspicio, libres
de aquellas anchas aguas, inevitablemente.
Los ciervos andan por nuestras montañas,
silba la codorniz su clamor espontáneo;
moras dulces maduran en el bosque
y con el cielo aislado, cuando la noche cae,
parvadas imprevistas de palomas
hacen ondulaciones ambiguas al hundirse
allá abajo, en lo oscuro, con alas extendidas.


                                                                                       
(traducción de Hernán Bravo Varela)

(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

 

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