lunes, 26 de enero de 2026

Logan February (Anambra, Nigeria, 1999)

 

 

Retrato del maniquí como mi papá

 

Como hombre, tenés que hacer cosas con el pecho.
Como hombre, guardás muchos secretos. Tenés
muchos secretos & tenés que guardarlos 
en el pecho. Dejame contar uno. Cuando me vino
a buscar la muerte, la miré a los ojos verdes. Sí,
hizo lo peor que pudo, pero yo fui valiente. La última 
luz que vi tenía la forma de la cara de tu mamá. Cuando
una flor se empieza a abrir no es su momento
de mayor belleza. Requiere gracia & lentitud, igual
que una mujer que en la playa arquea el cuello.  Aspiré
mi humo azul & jamás volví a verlo. Otro de los secretos
que guardo en el pecho. La flor al fin muestra la cara.
Tragué tanto que me mató tanta azúcar.
Tan lejos estoy de la persona que más amé.
 
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib 
 


 

LOS SONETOS DEL MANIQUÍ: UNA POÉTICA DE LA DISOCIACIÓN

Esta semana vamos a adentrarnos en una de las zona más incómodas y fascinantes de la producción de Logan February: los Sonetos del maniquí.

Nacide en el estado de Anambra, Nigeria, en 1999, Logan es una de las figuras más talentosas de la poesía africana contemporánea. En sus poemas, la mitología yoruba y la ansiedad de las redes se reescriben mutuamente, desnudando el prisma de la identidad mediante una operación de vudú por la palabra. Tras su paso por el prestigioso programa de artistas de la DAAD, actualmente reside en Berlín, donde se desempeña como poeta residente en el Humboldt Forum.

Le autore dudó en publicar por su crudeza esta serie de juvenilia, una etiqueta irónica para alguien de veintipico. Acá, la forma clásica de catorce versos no funciona como alarde de destreza, sino como un fetiche de contención para un espíritu múltiple e ingobernable. February adopta la persona del Maniquí, un artefacto animado desde el cual se enuncia sin exponer otro tejido vivo que el cuerpo del texto. Con esta figura, Logan muestra cómo las jerarquías de autoridad (Dios, Padre, Madre, Médico) son, precisamente, las estructuras a partir de las cuales cada individuo singular traduce su identidad y la fija en el cuerpo, como un muñeco necesariamente ciego.

Leemos estos sonetos no como confesiones, sino como protocolos de disociación. El Maniquí es una tecnología de de supervivencia: un Doppelgänger disociado y múltiple, construido para recibir impactos que un cuerpo de carne y hueso no querría tener que soportar.

 

Ezequiel Zaidenwerg Dib 


 

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