martes, 27 de enero de 2026

Santiago Alassia (Rafaela, Sant Fe, 1979)

 

 

 


Hueco en el mundo

 

I Serie de la maleza

Oración de malezanos
Difteria es el nombre de una peste que acechaba a los colonos,
cuando niños: osaban cruzar el alambrado. Difteria es zanja
en la garganta, no poder
la gesta ni gritar en ese barro. Difteria es cardo seco, no agarrar
la pala con esfuerzo. Difteria es mal dejar de brazos flojos.

La casa

La casa nos aplasta, la casa nos aplastará.

El tío cantor, mi abuelo fermentado por el vino,
los flacos animales que pronto morirán: llevamos lustros
queriendo salirnos de la casa, andar campo traviesa.
En vano todo. La casa nos aplastará.

¿Dije de los flacos animales de la casa?
Yo mismo soy ahora un desgarbado
caído en la grisácea o triste historia
de escarpines perdidos en el frío general.
Yo mismo
soy lámina de cal de mi alegría.

En el centro de la casa han brotado unos riachos.

Cuelgo de los techos, me hago desde la mugre,
imploro una meseta fértil de incontable vastedad
pero la casa me contesta con agua de los riachos,
barrosa lengua que sube y marca todo por igual:
a todos por igual no diferencia,
a todos por igual nos marca su pegajosa obstinación.

¿Dije de mi tío, el cantor? De los muslos
le bajaba un jugo lánguido de ciruelas machucadas
y ahora hay charcos negros que no podemos combatir.
Por las noches
mi tío canta junto al fueguito melancólico,
fuma su pipa cotidiana, escupe
canciones demacradas como babas de la siesta
y nos entran galopando los quejidos de una india.

Ya nos acosan desde afuera otros bestiales rancheríos.
¿Adónde iremos a parar en esta larga noche indígena?

En otro tiempo
mi tío se acompañó de una guitarra,
un viejo bombo y la costumbre silenciosa
de una mujer renegrida que atizaba el fueguito con las manos.

La casa se tragó esas dulces compañías.

¿Dije de mi abuelo, fermentado por el vino?
Todas las tardes
encerrado en su piecita grita un nombre de mujer
y cuando calla está más viejo y más cansado,
la vista echada como un perro a punto de morir.
Yo no lo odio,
le froto las heridas con hierbas de la zanja
y él masculla unas palabras que no alcanzo a descifrar.

Cuando joven
mi abuelo fue andariego y trotaba los caminos,
los sucios bodegones relucían con su porte afrancesado
y hasta algunos payadores cantaban para él.

Todo el jarabe de los sucios bodegones entraba en su barriga.

Hoy no se escucha el cantar de aquellos payadores:
la casa está rodeada de pura lejanía.
¿Cómo haremos para dormir en esta larga noche indígena?
¿Acaso indiferentes al hedor? ¿Acaso displicentes,
las manos flojas como algas en los bordes del camastro?

En vano todo. En vano los machetes, trabajar
en surcos pisoteados de la chacra,
en vano que haya leña, nadie
entibia el agua, nadie
permanece en esta casa,
nada, ni viento
en el aire, nada
ni nadie
habla.

***

II Serie de ciertos hombres

Canción de ciertos hombres

Ciertos hombres que al caminar
levantan oro al aire, o lo sueltan
como náufragos al agua en su resignación:
volcados al cansancio del mundo.
Ciertos hombres, esto es todo.
En su caminar justifican los espasmos
de la sangre del animal que se acurruca
en los racimos de una tarde ya lejana

con las horas yéndose a otro lado.

***

Yuri Cásperats

No siempre amanece, dijo Cásperats, no siempre
detrás de la montaña de tus párpados hay sol.
A veces dependemos del milímetro de luz
que cuelga desde el vértice de un techo que no existe
aunque podamos tocarlo como a un dios verdadero,
con dedos trabajosos, con miedo y humedad.

No siempre amanece, dijo Cásperats, yo mismo
tardé para arreglar las cuentas con mi padre.
Sentado junto al catre en el que agonizaba
cuidé su piel pacata lavándolo despacio,
haciéndole masajes en el pecho sudoroso
y oyendo sus delirios de viejo pescador
hasta que al fin, ya casi moribundo,
pidió tomar café y fumar un cigarrillo.
Yo mismo hice caer café caliente en su bigote
para verlo abrir los ojos como última señal.

No siempre amanece, dijo Cásperats, a veces
la borra del café nos empantana en su negrura.
El día en que los otros tapiaron el perímetro,
la ínfima parcela en que debía acurrucarme,
salí despacio a caminar sin miedo y sin expectativas.
Dijeron: ahora que tu padre ha muerto finalmente
deberías encontrar una mujer, un buen trabajo,
un ocio confortable y hacerte una familia.
Yo escuché esa lógica con cierta admiración
y antes de salir me detuve a ver las grietas
que llenaban las paredes de la pieza de mi madre:

un ejército avanzando como una enfermedad.

No siempre amanece, dijo Cásperats, no siempre
resulta soportable la vigilia de los hombres.
Después de abandonar la chatura de la pampa,
su reparto previsible de tamaños y funciones,
anduve por ignotos parajes de montaña.
Vi unos hombres quietos fumando en el umbral
de una cabaña de madera, sin nada que decirse,
rodeados de una calma lunar de tan porosa,
vi pequeñas piedras con gotas de rocío
y una hormiga sola prendida a una naranja.

No siempre amanece, dijo Cásperats, a veces
el puro parpadeo se vuelve una ecuación
pesada como el día que sentiste, siendo niño,
las ganas de tajear el aire o la pantalla
y todo lo de afuera se empezó a desmoronar.
Así fue que mi vida se inclinó hacia lo minúsculo,
eso que no deja de agitarse y tambalear,
el panorama lánguido que oímos al nacer
en esta permanencia que da el desplazamiento:
de ley a hoy, de amor a terrenal como baobab
sin adherencia, como neblina,
de hogar a suceder como zumbido o vibración
en el ahora, la zona sin apoyo
entre los ojos del que mira
y lo mirado: nadar
no es algo sólido,
el río no obedece.

No siempre amanece, dijo Cásperats, no siempre
tenemos el valor de acomodar una palabra,
no siempre vemos claro ni piedra sobre piedra
con esa transparencia de la respiración
o la continuidad con que se hace la ceniza.

No siempre amanece, dijo Cásperats, a veces
al mínimo contacto se cae un edificio.

***

 

(Fuente: poetripiados.com) 

No hay comentarios:

Publicar un comentario