miércoles, 28 de enero de 2026

Tulio Mora (Huancayo, Perú, 15 febrero 1948-Lima, 27 enero 2019)

 

 

 

 


A PESAR DE LAS DESGRACIAS DE LA ÉPOCA

 

                                                                   Para mi esposa
 
 
Tengo ante mí esa expresión tan tuya
que combina con los árboles
bajo los que hubimos de vivir
asediados por la lentitud de una tortuga
que iba devorándose las flores
y todo ese paraíso clandestino
que nos fue dado para soportar los basurales.
El color me aferra a los recuerdos
porque tus cabellos me exponen al fraseo
inútil de las analogías.
Amaba la noche sobre tus cabellos,
la luna mansa como un gato;
te amaba a pesar de la estridencia
mensajera de una agonía irredimible.
De las paredes de esos cuartos
he arrancado el eco de la niebla
donde habitan inocencias agredidas por la fiera
que quiso despojarnos del silencio.
Por ellas tengo de ti un parque personal
con que llené mis ojos
aventando a sus palomas
como se avienta el trigo a los tejados
y si hubo un tiempo en que a fuerza
de palabras descubrimos estas claves
del error, esta tristeza nacional,
hubo también una ventana que en tus ojos suplicó
una enredadera para darse eternidad.
Todavía al mirarlos me imagino
que escondes tras de ti una secreta aldaba
que yo sólo pude abrir para salvarme.
No era un enorme corazón de bronce —mitología
terca en su extrañeza— sino la cuerda suave
que al exponerse ante mis dedos
emitió un rayo azul
y me fue dado habitar cierto remanso
que ya no espera uno, pasadas las tragedias
que tuve que pasar, mirando a mi país (a tu país)
bajo el fuego de un cirio moribundo
en un paisaje de excluyente oscuridad,
fúnebre en medio del poema, donde plantamos
geranios que robamos en un parque. Porque
ese basural en que vivimos
di tú si no había razón para agregarlo
con sus simplonas relaciones metafóricas
al poco verde que aún florece en el Perú;
di tú si no crecieron nuestras flores
amenguadas, cenicientas y confusas
pero crecieron porque había en nuestras manos
modelos diminutos de códigos agrarios
que de otra manera no hubieran emergido
ya que recurrir a lluvias, a fases de la luna,
al complicado ritual del hombre que riega
un esqueleto en el fondo de una cueva,
nada valdría sin la pareja que se ama.
Pienso en tu cuerpo jardinero abriéndole a la tierra
estéril un surco femenino; pienso en los pájaros
que inventé para mi cuarto; pienso y pienso
todas las madrugadas, cuando tú duermes,
dueña de un pequeño tiempo intransferible,
egoísta, de nosotros, de día domingo sentados
en el escritorio, señalando con el dedo más certero
la escala y magnitud de esos paraísos
con expansiones de cetáceo
en cuyas puertas brillan las manos del amor
llamando a las parejas a cumplir sus juegos veteranos.
Pienso por mis dedos que coloco en tus cabellos
para empaparme de su húmedo silencio,
robándote lo que más te ausenta,
tan necesitado de pensar en las palabras
que no siempre han de decirse por amor.
Verdad que siento de estos años
la gratitud de mi destino
y me embarullo con ostentosas invenciones
procedentes de los campos abrigados de la sierra;
en ellos vuelan golondrinas rehuyendo
a los eclipses, el hombre que interpreta esta señal
dibuja una oración de paz con las cenizas
de un fogón tendidas sobre un poncho;
cuando una de las aves se topa con el fuego
se crea el reino vegetal, de niño eso me contaron
y te lo cuento porque no tengo más asombro.
Cuando el fuego arde rezagado suena un ala
en la frente del insomne, entonces
vienen en picada las compañías etéreas
de los padres a reciclar el ofrecimiento
que en nosotros no cumplieron
y entre teteras y tazas barboteantes
su canción suena a disculpa.
Eso aprendí reconciliado con mi infancia
que tú me devolviste en cada noche
que fuimos columbrando la importancia
de decirnos las cosas que este tiempo nos negó.
Pero hoy arde el amor convulsionado,
arde porque de pronto vi geranios en la bolsa
de una muchacha y dime si no eras tú
con tu falda de bellotas
esperándome en la esquina de la noche;
dime de qué aroma se tiñe el tiempo
recuperado en cada tiento al que me colmo
hasta el tormento para no desandar
lo que mis ojos temen ante esta evocación;
dime que es necesario conservar
toda complicidad posible, dímelo siempre:
esa muchacha ocupó mis horas
dejándome incauto y sin memoria.
Pero no está bien prolongar
esta reverberación de la imagen
sin distinguir al cuerpo que la emana
y que se atrapa con un invicto beso:
aunque haya llovido en las calles
una imprecisa agua siempre serás tú
la que camina hacia mi encuentro
devolviéndome a las plantas
que enredaron nuestras sombras.
Porque lo sé recuerdo a la maceta
que echó la flor de un cactus diminuto:
en él vi cómo crecía nuestro amor
y en él temí que la maceta
—era en verdad una pequeña olla de barro—
ya no le diera vida, y por él lloré en silencio
al transplantarlo a un jardín colgante
entre bancos, bodegas y mendigos.
Siempre estarán llenas de plantas nuestras vidas.
¿Morirán con nuestros cuerpos
cuando el mal invente un patio de cemento
en los desiertos? ¿Siempre ha sido imprescindible
que la flor tome a su ambiente
el aroma de parejas enredadas
en su verde biografía?
¿Nos facilitan la palabra?
A pesar de las desgracias de la época
por ellas me abrazo a tu cintura:
para sentir el verdor de los trigales en tu falda.
 
 
País interior (1994)
Lima: Ediciones COPÉ Petroperú, 1994, pp. 67-70
 

(Fuente: Óscar Limache) 

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