martes, 15 de septiembre de 2026

Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, España, 1957)

 

 

LA TUMBA DE KEATS (Fragmentos) 

 



 

 

 

 

 

Esto sucede ante la hora izquierda en que mi vida,

violenta juventud contra el poder de un príncipe,

llama jauría a la verdad y belleza a los puentes derrumbados.

Llama flor del frío a la tumba de los náufragos,

astrolabio muerto a la nieve de los locos.

Hornea un talco negro el hambre de la muerte,

la edad de los sentidos, el obstinado aliento

de la cansada luz de octubre en el baúl de abejas.

Brota sobre esta duna blanca la vehemente hierba de las islas,

la implacable hormiga en el blando bulbo de la boca helada.

Con guantes de forense sale la noche verde de su estuche

y la tempestad retumba por el otoño roto de las ánforas.

Tiene aquí mi corazón la edad del mundo,

el pez de piedra bajo el que los recién nacidos duermen.

Sufre el impaciente un reloj de sol bajo los párpados,

la aguja inmóvil como retina fría de los caballos muertos.

Mi vida es el temblor del consternado y el indigente ciego,

la constelación del triste en un festín de víctimas.

No conozco otra conciencia que la oscuridad translúcida,

la sábana de vidrio sobre la que la infernal razón se acuesta.

Vivo separado del rumbo de las cosas, hablo el miedo

de un heredero alzado contra el funesto monarca de las ciénagas.

No espero nada de los dioses, nada de la memorable epidemia de sus jueces.

Soy distinto ante el esclavo y el enano, soy el mismo suplicante y el eunuco.

Soy el transeúnte de la atmósfera, el anhelante oscuro del relámpago.

Oigo voces, oigo al temeroso y al anciano, sé que un caballo es un momento.

Oigo pasos, oigo el lastimoso trueno que al perenne huérfano perturba.

Tengo por amigo al penitente mar y al anticuado otoño,

amo la imperturbable soledad del hombre y la confidencia de los pájaros.

Llamo inalcanzable a la distancia que hay entre dos cuerpos,

alternativamente invado el país del fracaso y el suelo natal de la victoria.

Fui adolescente y me envenené con lumbre, fui déspota incansable

contra la vanidad que hastía la fiesta de los cuerpos.

No he llegado más lejos de mí mismo que una moneda del avaro está de otra,

considero estéril el invierno, considero el azul imprescindible.

Me ocupo con horror de los esfuerzos que hace cada día el sol por elogiar la tierra,

siento simpatía por el primitivo lúcido y por el débil infeliz metódico.

Prefiero la melancolía del cobarde a la furia invencible de los héroes,

prefiero el desamparo de los campos a la rígida ambición de los sepulcros.

Dios está cansado de escucharnos, están cansados los hombres y los perros,

la nostalgia es una canoa a la deriva por el río blanco de la muerte.

 

(…)

 

He pasado la tarde junto a la tumba de Keats,

me he apostado ante la guarida donde la divinidad no es un ser poderoso,

no he descendido a ningún otro infierno que no fuese mi vida.

He llamado día amarillo al día semejante a un íntimo color amarillo,

día imperfecto al día en que he sufrido menos que cualquier hombre.

Alguna vez he dicho: usted es alguien que provoca en mí una súbita emoción,

y ellos han detenido su paso y hemos tenido que compartir luego la ausencia de separarnos,

pero aun así he convivido bajo el mismo techo con la jibia de los menesterosos

y la triste benevolencia que le brota a los cuerpos tras el lenguaje de lo cotidiano,

lo que da cuenta de uno sin ser más que la sombra de otro,

esa vida, ese aire que respira el préstamo de las palabras con que se describe la fatiga en una cuerda de presos, el dolor de la coincidencia de dos hermanos en el mismo pabellón de enfermos, el favor del fuerte ante el abatimiento, la emoción del aliviado.

Dichas de este modo las tres palabras que mi padre ha puesto sobre la mesa no deberían ser repartidas entre los hermanos sino destinadas a permanecer como bobinas de hilo entre las cosas inútiles, la hebra que sostiene el peso de la memoria, el traje de franela del difunto, la carta que nunca fue abierta,

dichas de este modo las palabras tienden a desaparecer como desaparece el vendaje blanco de las cumbres en la primavera incipiente.



Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024

Ilustración de Antonio Orihuela

 

(Fuente: Voces del extremo) 

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