ETER
El llanto, tu llanto no paraba. Yo
te había dado vodka Smirnoff. Dos
vasos llenos. Pero seguías llorando como
si así fueras a resolver algo, como si así
pudieras volver el tiempo atrás. Las serpentinas
de la fiesta estaban en el piso. Algunas
mojadas con cerveza. También había
cigarrillos a medio fumar. Tu llanto no
era un asterisco que se puede
buscar a pie de página. Era una alondra
encapsulada en un vuelo circular, obediente,
maniático, que invitaba al suicidio
a otras aves que no habían pasado por
el diván de un psicoanalista. ¡Hurra!, dije. Eso
voy a hacer. Si no parás de llorar, la cosa es
grave. Voy a llamar a tu psiquiatra. Vos me
dijiste que por favor no lo hiciera, que
esperara a que las ballenas de tu alma
cumplieran con los rituales de apareamiento.
Puffff, dije. Y volví a abrazarte. Eso ya lo había
probado y no había obtenido los resultados
esperables que el infalible Instituto Nacional de Meteorología
Espiritual dice que uno consigue en estos casos.
Son todas putas quimeras, dijiste. Ahora habías pasado
del llanto a la furia. Un abanico de acero
se había desplegado con intenciones de asesinar
a todos los burros que somos incapaces de que
nuestras lágrimas fluyan en torrentes
de pasión pidiéndole misericordia al mundo.
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