jueves, 10 de septiembre de 2026

Marcos Herrera (Buenos Aires, 1966)

 

 

 

ETER

 

El llanto, tu llanto no paraba. Yo
te había dado vodka Smirnoff. Dos
vasos llenos. Pero seguías llorando como
si así fueras a resolver algo, como si así
pudieras volver el tiempo atrás. Las serpentinas
de la fiesta estaban en el piso. Algunas
mojadas con cerveza. También había
cigarrillos a medio fumar. Tu llanto no
era un asterisco que se puede
buscar a pie de página. Era una alondra
encapsulada en un vuelo circular, obediente,
maniático, que invitaba al suicidio
a otras aves que no habían pasado por
el diván de un psicoanalista. ¡Hurra!, dije. Eso
voy a hacer. Si no parás de llorar, la cosa es
grave. Voy a llamar a tu psiquiatra. Vos me
dijiste que por favor no lo hiciera, que
esperara a que las ballenas de tu alma
cumplieran con los rituales de apareamiento.
Puffff, dije. Y volví a abrazarte. Eso ya lo había
probado y no había obtenido los resultados
esperables que el infalible Instituto Nacional de Meteorología
Espiritual dice que uno consigue en estos casos.
Son todas putas quimeras, dijiste. Ahora habías pasado
del llanto a la furia. Un abanico de acero
se había desplegado con intenciones de asesinar
a todos los burros que somos incapaces de que
nuestras lágrimas fluyan en torrentes
de pasión pidiéndole misericordia al mundo.
 

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