lunes, 7 de septiembre de 2026

Pablo Ananía (Rosario, 1942)

 

 

Puede ser una imagen en blanco y negro de una o varias personas 

 

 

𝐏𝐨𝐞́𝐭𝐢𝐜𝐚

 

Rigor, razonamiento, intuiciones. ¿Los hechos
de creación, casi religiosos? No los une en mí
ese hilo plateado de arroyos anudados, fluidos
sutiles, fallecientes, de la lírica clásica. Esa es
la mayor angustia del bárbaro (desde mis raíces,
bárbaro), quien ve la misma luz por un instante
y luego, silenciosamente, muere: nadie habla
mi idioma, las piedras de la emoción y del deseo
hechas de restos: una cabeza, cuatro ojos, dos
órganos sexuales, con los cuales construí mi templo. 
 
Que toda noción de límite se borre. Deshacerme
de la pasión. Que sea así, sin más. Mi voz tiene
sus leyes. Embriagar, separar, falsear. Es esa
la naturaleza de mi ministerio, gozar de lo que no
tiene origen y permanecer al margen. 
 
Lo que opera en lo escrito es la razón del hacedor.
Trepar por las colinas heladas de mi habilidad
aunque al final no sepa si cuento con herencia. 
 
Nadie sabe qué tipo de sangre circula por mis versos
y me contiene, como muros antiguos de una humilde
abadía con su arco frontal ya fracturado. Las imágenes
de santos mustios configuran una escena que simula
ser la sagrada familia. En esa ruina aislada del poema
una hiedra temblorosa gotea.
 

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