para Eavan Frances
Catadores de fogones,
de crepúsculos. No hay lágrimas en ellos.
Al contrario, hacen que el mundo vuelva a empezar,
que los riscos se tiñan de azul,
que los ríos se vuelvan transparentes y los héroes, intrépidos:
y que el final nunca esté decidido de antemano,
para que el próximo que cuente el cuento pueda decir de nuevo
“vuelva” y “a empezar” y sorprender a los chicos.
Nuestros hijos son nuestras leyendas.
Vos sos la mía. Te llamás igual que yo.
Mi pelo alguna vez fue igual al tuyo.
Y el mundo es un poquito menos
amargo para mí
porque vas a contar esta historia de nuevo.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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