La puerta equivocada
No era la puerta que estaba buscando, pero la abrí de todos modos. Empecé a caminar por un largo pasillo. No había nadie ahí. Había una serie de oficinas que parecían vacías. El único ruido que se oía eran mis pasos. Del otro lado del pasillo de repente apareció un hombre. Empezó a caminar hacia a mí e instintivamente pensé en salir corriendo, pero no lo hice. Paré a esperarlo. Cuando al fin llegó hasta donde estaba yo, me dijo, “Lo estábamos esperando. Le damos una calurosa bienvenida”. “Gracias”, le dije, “estoy deseoso de reunirme con ustedes”. “Sígame, caballero”, me dijo. Caminamos por el largo corredor. “Por aquí”, me dijo. Entramos en una oficina. Doce hombres, con atuendo formal, se pusieron de pie y me ovacionaron. Hice una reverencia. “Ya ve”, dijo mi guía, “todos lo aman”. “Me halaga enormemente”, dije yo. En verdad estaba desconcertado y seguro de que era un tremendo error. “Queremos que sea uno de nosotros, que sea miembro de la Santa Alianza. ¿Qué le parece, está de acuerdo?”. Todos los miembros me sonreían. “Pero la verdad es que no sé lo que es la Santa Alianza”, dije. “Bueno, creemos que Dios nos eligió para traerle orden y justicia a la comunidad, y de vez en cuando hacemos una fiesta”, me dijo. “Necesito salir y pensarlo”, dije. Fui con bastante premura a la puerta y salí corriendo por el pasillo. Llegué a la primera puerta y salí. Había una muchedumbre en la vereda y me confundí con ella y volví a salir lo más rápido que pude. Un tipo en silla de ruedas me agarró de la mano cuando traté de pasarlo. “¿Ha visto mi canario? Salió volando por la ventana esta mañana”, me dijo. “No, no he visto a su canario, pero estaré atento y si lo veo trataré de atraparlo para usted. Se lo traeré de vuelta, puede contar con ello”, le dije. “Sabía que podía confiar en usted. Que Dios lo bendiga”, me dijo. Logré zafarme y volví a salir corriendo. Poco después, de hecho vi un canario, pero estaba posado en la rama más alta de un arce altísimo, lejos de mi alcance. Lo miré fijo y traté de hipnotizarlo. Me miró a los ojos. Di un paso hacia él, después otro. Un tipo pasó por ahí y lo agarró directamente del arbusto y se lo metió en el bolsillo. “Ey, ese pájaro es mío”, le dije. Iba caminando rápido y ni siquiera me miró.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib

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