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Estar muerto, enterrado con la cabeza
hacia el fondo del suelo y los pies apuntando
para arriba. Los ojos cerrados, la boca quieta.
La cabeza ya ausente de sí misma. Los pies
son el centro de la inocencia.
Guían a los que quieran subir.
Los pelos de la cabeza entre unas piedras,
despeinándose mientras las orugas oscuras
del fondo inician su trabajo con la carne del rostro.
Ellas recorren lo que fue un ser vivo. Suben por un
organismo silencioso. Limpiándolo de su vergüenza.
(Fuente: Eduardo J. Espósito)
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