sábado, 18 de julio de 2026

Elizabeth Jennings (Boston, Inglaterra, 1926 - Oxford, Inglaterra, 2001)

 

 

 

 

 

UN PÁJARO EN LA CASA

 


Fue una voz amarilla, un escalofrío agudo y estridente en la habitación
Blanca siempre y alta, así la recuerdo,
Blanco el aparador, de blanco crudo la mesa, las tazas, las caras de las muñecas
Y yo tenía cuatro o cinco años. El jardín podría haber estado
A millas de distancia. Nos habían llevado a los verdes
Lechos de espárragos, el césped recién cortado, y su olor
Viene cada verano tras la lluvia cuando regresa el blanco. Nuestro pájaro,
Un canario llamado Pedro, cantaba tras los barrotes. El gato blanco y negro
Se enroscaba y echaba la siesta junto al fuego y el peligro estaba muy lejos.
 
Muy lejos de nosotros. La seguridad era la vida y solo ahora sé
Que las paredes blancas y las hojas luminosas golpeando las ventanas
Son una buena prisión, pero siempre debes
Escapar, volar lejos del amor que no se siente como amor,
Pero nuestro pájaro murió dentro de sus plumas amarillas. El gato
ágilmente lo atrapó, lo sacó a través de los barrotes cuando estábamos fuera
Y no recuerdo lágrimas ni tristeza, solo
recuerdo el ritual, el amarillo cálido de las plumas que pusimos
En un huevo de cartón. Qué sentido de lo oportuno. Cuán lejos, pienso ahora,
Regresa el ritual, del huevo al huevo, del nacimiento a la sepultura, y bajamos
Callados al jardín, dos en una pequeña procesión
Y las altas nubes se inclinaron, y el cielo apartó
Sus cortinas azules. La muerte estaba allí o donde
El sabio gato la hubiera escondido. Ese día enterramos a nuestro pájaro
Sintiendo que era lo apropiado, sin saber que la muerte sería dura
más tarde, oscura, sin forma ni propósito.
Después de mi primera pena verdadera lloré, estaba triste, muy triste, pero ahora.
Libre de terror y de agonía,
El pájaro amarillo canta en mi imaginación y digo
Que el niño es despiadado pero sabio, conoce el propósito del juego.
Y la pena de hace diez años
Contiene ahora un ritual antiguo,
Un paseo hacia el jardín llevando a la muerte en un huevo
Y el cielo cantando, los árboles todavía diciendo adiós
Cuando la muerte no era nada que saber. 
 
 
  . Versión de César Rodríguez de Sepúlveda
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A BIRD IN THE HOUSE

 

 
It was a yellow voice, a high, shrill tremble in the nursery
White always and high, I remember it so,
White cupboard, off-white table, mugs, dolls’ faces
And I was four or five. The garden could have been
Miles away. We were taken down to the green
Asparagus beds, the cut lawn, and the smell of it
Comes each Summer after rain when white returns. Our bird,
A canary called Peter, sang behind bars. The black and white cat
Curled and snoozed by the fire and danger was far away.
 
Far away for us. Safety was life and only now do I know
That white walls and lit leaves knocking windows
Are a good prison but always you have
To escape, fly off from love not felt as love,
But our bird died in his yellow feathers. The quick
Cat caught him, tore him through the bars when we were out
And I do not remember tears or sadness, I only
Remember the ritual, the warm yellow feathers we put
In a cardboard egg. What a sense of fitness. How far, I know now,
Ritual goes back, egg to egg, birth to burial and we went
Down the garden softly, two in a small procession,
And the high clouds bent down, the sky pulled aside
Its blue curtains. Death was there or else
Where the wise cat had hidden. That day we buried our bird
With a sense of fitness, not knowing death would be hard
Later, dark, without form or purpose.
After my first true grief I wept, was sad, was dark, but today,
Clear of terror and agony,
The yellow bird sings in my mind and I say
That the child is callous but wise, knows the purpose of play.
And the grief of ten years ago
Now has an ancient rite,
A walk down the garden carrying death in an egg
And the sky singing, the trees still waving farewell
When dying was nothing to know.
 

 

(Fuente: César Rodríguez de Sepúlveda) 

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