domingo, 19 de julio de 2026

Franz Kafka (Praga, Imperio austrohúngaro, 3 de julio de 1883 – Kierling, Austria , 3 de junio de 1924)

 

 

Delante de la ley 

Delante de la ley hay un portero. Ante el portero se presenta un hombre del campo que pide entrar en la ley. Pero el portero dice que por el momento no puede permitirle la entrada. El hombre se queda pensando hasta que le pregunta si le será posible entrar más tarde. “Puede ser”, dice el portero, “pero ahora no”. Dado que la puerta de la ley está, como siempre, abierta, cuando el portero se corre un poco el hombre se agacha para tratar de ver lo que hay adentro. Cuando el portero se da cuenta, se ríe y le dice: “Si tanto te tienta, animate a entrar a pesar de mi prohibición. Pero tené en cuenta que soy poderoso. Y eso que estoy en lo más bajo del escalafón de los porteros. Cada sala tiene un portero más poderoso que el anterior. Al tercero ni siquiera yo me atrevo a mirarlo”.

El hombre del campo no esperaba tantas dificultades: la ley, según piensa, debería ser accesible a cualquiera y en cualquier momento, pero cuando estudia mejor al portero, con su tapado de piel, la nariz puntiaguda, la barba luenga y rala de tártaro, decide que es mejor esperar hasta que se le conceda el permiso de entrada. El portero le entrega un banquito y lo deja sentarse a un costado de la puerta. Ahí se queda sentado días y años. Intenta muchas veces que lo dejen entrar y agota al portero con sus ruegos. De vez en cuando, el portero lo interroga, le pregunta por su tierra y por muchas otras cosas, pero con indiferencia, como hacen los grandes señores; y al final siempre vuelve a decirle que todavía no puede dejarlo entrar. El hombre, que había traído muchas cosas para el viaje, no se guarda ninguna, por más valiosa que sea, para sobornar al portero. Él acepta siempre, pero le dice: “Acepto sólo para que después no creas que se te pasó algo”. 

Durante largos años, el hombre observa al portero casi sin interrupción. Se olvida de los otros porteros, y este primero le parece el único obstáculo para entrar en la ley. Maldice la suerte desgraciada, en los primeros años sin tapujos y a viva voz; después, cuando envejece, apenas refunfuña entre dientes. Se vuelve otra vez un niño, y como tras años de estudio del portero conoce hasta a las pulgas del cuello del tapado, les pide a las pulgas que lo ayuden y convenzan al portero. Al final se le debilita la vista y no sabe si se hace de noche a su alrededor o son sus ojos que lo engañan. Pero ahora distingue en la oscuridad un resplandor que emana, inextinguible, de la puerta de la ley. Ya no le queda mucho tiempo de vida. Antes de morir, toda la experiencia de todo ese tiempo se le concentra en la cabeza en una pregunta que hasta el momento no le había hecho al portero. Le hace una seña, porque ya no puede enderezar el cuerpo, que se le está poniendo rígido. El portero tiene que inclinarse mucho hacia el hombre, porque la diferencia de altura se ha vuelto aún más pronunciada. “¿Y ahora qué más querés saber?”, le pregunta el portero. “Sos insaciable”. “Todo el mundo aspira a la ley”, dice el hombre. “¿Cómo puede ser que en tantos años nadie más haya pedido entrar?”. El portero se da cuenta de que el hombre está en las últimas, y para hacerse escuchar le grita en el oído que se apaga: “Por acá nadie más podía entrar, porque esta entrada estaba reservada sólo para vos. Ahora me voy y la cierro”. 
 
 Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
 

Image courtesy of Wikimedia Commons

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario