Estadio Vaticano
Los jugadores de fútbol a sus camarines vuelven, paso a paso cabizbajos, trémulos y sollozando por entre las viejas ruinas de Occidente veneradas y la chusma de poetas tan seguros de sí mismos, levantadores de pesas, diplomados en gimnasios, soberanos del amor, del dinero y la salud que ferozmente se burlan del sensible futbolista, legislador del planeta. por mandato de los cielos, pero que pierde la bola cristalina de la suerte, empujada por los austros hacia el arco solitario, cuyos palos de repente en un atril se transforman para el libro del fornido, mas sin alma, ruin poeta, que no vela ningún arco y sí desdeña a quien vive como vos a duras penas, guardameta, centroforward, en este de pan llevar áspero campo del mundo, desde la cuna a la tumba sufriendo calladamente de la vana chusma aquella qué de silbos afrentosos por la súbita derrota de seis goles contra cero en el preciso momento de pasar del Paraíso, una noche de setiembre, al Estadio Vaticano.
(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

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