viernes, 20 de marzo de 2026

Gonzalo Arango (Colombia, 1931-1976)

 

 

Los ratones van al infienro (1964)

 

A LA MONJA

 

No necesito justificar esta belleza, ni la ternura de estas páginas. ¿Para qué? Después de todo, mi oficio no es la literatura sino el amor. Esta vocación está en mi carne como una predestinación que me señala: es la estrella de la locura.

He sido abatido y muerto por la violencia del amor, y he renacido a nuevas existencias porque no soy un cuerpo abonado para el milagro. El milagro, en mí, no es sobrenatural, es mi vida y tener el coraje de despertar todos los días sin tirarme por la ventana.

Lo digo porque es cierto: una mañana me desperté y vi que no tenía ni pies ni cabeza y que estaba muerto. Fue algo tan espantoso que no puedo decir lo que sentí. Creo que era como los muertos si ellos pudieran decir su nostalgia por este mundo, si pudieran gritar su loco deseo de vivir. Por eso son muertos, por el silencio. Pero yo estaba salvado porque aún podía gritar, y grité, aullé, gemí.

Lo que pasaba era la absoluta desesperación de un hombre que no tenía más esperanza que este mundo, ni más vida eterna que esta vida.

Entonces me levanté, caminé como pude y subí al encuentro del milagro que me restituyera el deseo de vivir: un rostro, Dios, la aventura, o simplemente un ratoncito. Al fin fue una mujer, pero aquí empieza el mito…

Hoy comparto mi vida con el dolor de los hombres, la luz que cae del cielo, y la turbadora caricia de una mano amada sobre un seno amado, sobre una flor y sobre la áspera superficie del mundo.

No olvido quién soy, de dónde vengo y hacia dónde me dirijo. Pertenezco a la familia de aquellos espíritus que, según Nietzsche, salen en busca de una verdad y regresan enarbolando la túnica de una mujer. Para mí, esa verdad es un rostro amado que me dé el triunfo sobre la muerte.

Por eso, esta obra para La Monja, porque la escribí para La Monja, y lo único mío que hay aquí, es de ella.

Los ratones van al infierno. Bogotá. Ediciones Tercer Mundo. 1964. Págs. 7-8.

 

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