Los placeres de la puerta
Los reyes no tocan las puertas.
Ellos no conocen esta dicha: empujar ante sí
con suavidad o rudeza uno de esos grandes paneles familiares,
volverse hacia él para colocarlo de nuevo en su lugar, –tener
entre sus brazos una puerta.
…La dicha de empuñar por el vientre, por su nudo de porcelana,
uno de esos altos obstáculos de una pieza; ese cuerpo a cuerpo
rápido mediante el cual, detenido el paso un instante, los ojos
se abren y el cuerpo todo se acomoda a su nuevo apartamento.
Con una mano amistosa, él la retiene todavía, antes de empujarla
decididamente y encerrarse, –de esto, el clic del resorte poderoso
pero bien aceitado agradablemente lo asegura.
[Traducción de Alfredo Silva Estrada]
(Fuente: La Parada Poética)
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