Gatúbela
Yo me acuerdo de los hermosos días, de su andar
y de la música del látigo, cuando el látigo tenía
mala fama. Apenas se la oía, susurraba. Y yo
veía siempre en esos labios
la forma del beso.
Yo me acuerdo del estruendo de mirarla
de rodillas sobre un hombre y suspirar
un plan, solamente con los ojos. Ante mí,
una flor salvaje en un lujoso estuche
de cuero negro.
¿De dónde salía esa mujer que al calor
del mediodía, con el héroe a punto
de quedar duplicado a dos mitades
por la dentada rueda de platino,
hacía olvidar la sierra
y los villanos?
Aunque no he vuelto a verla más
que en algún documental sobre su ex
compañero de trabajo, una mujer hubo en mi vida
que hizo las veces de ella. Con un pie en la mesa
ratona, una S/M de entre casa con pulóver
cuello ve.
No tengo nada que decir. Nada más para dar
testimonio. He contado todo: lo que vi y lo que no
viví –la belleza, la fuerza de su abrazo. Aún hoy,
cuando todo es negro, cuando un agua
espesa baja de las flores, de noche, yo
me acuerdo.
(selección de Marcelo D. Díaz)(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)
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