TONTERÍAS
Él me pellizcaba los pezones
y me decía lolitas.
Yo me reía, lo llamaba Nabo kov
y le acariciaba la entrepierna.
Entonces él me alertaba: "Mirá, Caperucita,
que ya apareció el lobo".
Yo me tocaba, lo tocaba
y lo urgía: "Que venga a jugar
al bosque
para comerme mejor".
Pero nada había de literario
en esas tonterías
de placentero intercambio;
evitábamos la solemnidad
para contarnos
historias escondidas
entre los pliegues de las sábanas,
y nos dormíamos
esperando descifrar
en el lenguaje larvado de los sueños
otros secretos
que nunca nos confesamos.
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