A cien años del nacimiento de Blanca Varela (1926-2026)

ESE PUERTO NO EXISTE
1949-1959
PUERTO SUPE
A J.B.
Está mi infancia en esta costa,
bajo el cielo tan alto,
cielo como ninguno, cielo, sombra veloz,
nubes de espanto, oscuro torbellino de alas,
azules casas en el horizonte.
Junto a la gran morada sin ventanas,
junto a las vacas ciegas,
junto al turbio licor y el pájaro carnívoro.
¡Oh, mar de todos los días,
mar montaña
boca lluviosa de la costa fría!
Allí destruyo con brillantes piedras
la casa de mis padres,
allí destruyo la jaula de las aves pequeñas,
destapo las botellas y un humo negro escapa
y tiñe tiernamente el aire y sus jardines.
Están mis horas junto al río seco,
entre el polvo y sus hojas palpitantes,
en los ojos ardientes de esta tierra
adonde lanza el mar su blanco dardo.
Una sola estación, un mismo tiempo
de chorreantes dedos y aliento de pescado.
Toda una larga noche entre la arena.
Amo la costa, ese espejo muerto
en donde el aire gira como un loco,
esa ola de fuego que arras corredores,
círculos de sombra y cristales perfectos.
Aquíe en la costa escalo un negro pozo,
voy de la noche hacia la noche honda,
voy hacia el viento que recorre ciego
pupilas luminosas y vacías,
o habito el interior de un fruto muerto,
esa asfixiante seda, ese pesado espacio
poblado de agua y pálidas corolas.
En esta costa soy el que despierta
entre el follaje de alas pardas,
el que ocupa esa rama vacía,
el que no quiere ver la noche.
Aquí en la costa tengo raíces,
manos imperfectas,
un lecho ardiente en donde lloro a solas.
LAS COSAS QUE DIGO SON CIERTAS
Un astro estalla en una pequeña plaza y un pájaro pierde los ojos y cae. Alrededor de él los hombres lloran y ven llegar la nueva estación. El río corre y arrastra entre sus fríos y confusos brazos la oscura materia acumulada por años y años detrás de las ventanas.
Un caballo muerte y su alma vuela al cielo sonriendo con sus grandes dientes de madera manchada por el rocío. Más tarde, entre los ángeles, le crecerán negras y sedosas alas con qué espantar a las moscas.
Todo es perfecto. Estar encerrado en un pequeño cuarto de hotel, estar herido, tirado e impotente, mientras afuera cae la lluvia, inesperada.
¿Qué es lo que llega, lo que se precipita desde arriba y llena de sangre las hojas y de dorados escombros las calles?
Sé que estoy enfermo de un pesado mal, lleno de un agua amarga, de una inclemente fiebre que silba y espanta a quien la escucha. Mis amigos me dejaron, mi loro ha muerto ya, y no puedo evitar que las gentes y los animales huyan al mirar el terrible y negro resplandor que deja mi paso en las calles. He de almorzar solo siempre. Es terrible.
UNA VENTANA
Vuelvo a contar mis dedos.
(La flor helada, la desconocida cabeza que me acecha se descuelga y da voces.)
Yo miro las paredes y sus frutos redondos y veloces,
hago cálculos, sumo piedras, cenizas, nubes
y árboles que persiguen a los hombres
y perlas arrancadas de malignos estanques
o de negros pulmones sepultados
y horriblemente vivos.
La araña que desciende a paso humano me conoce,
dueña es de un rincón de mi rostro,
allí anida, allí canta hinchada y dulce
entre su seda verde y sus racimos.
Afuera, región donde la noche crece,
yo le temo,
donde la noche crece y cae en gruesas gotas,
en mortales relámpagos.
Afuera, el pesado aliento del buey,
la vieja fiebre de alas rojas,
la noche que cae
como un resorte oscuro sobre un pecho.
FUENTE
Junto AL pozo llegué,
mi ojo pequeño y triste
se hizo hondo, interior.
Estuve junto a mí,
llena de mí, ascendente y profunda,
mi alma contra mí,
golpeando mi piel,
hundiéndola en el aire,
hasta el fin.
La oscura charca abierta por la luz.
Éramos una sola criatura,
perfecta, ilimitada,
sin extremos para que el amor pudiera asirse.
Sin nidos y sin tierra para el mando.
LA LECCIÓN
Como una moneda te apretaré entre mis manos
y todas las puertas cederán
y lo veré todo
y la sorpresa no quemará mi lengua
y comprenderé entonces el crecimiento de las
plantas
y el cambio de pelaje en las pequeñas crías.
Hallaré la señal
y la caída de los astros
me probarás la existencia de otros caminos
y que cada movimiento engendra dos criaturas,
una abatida y otra triunfante,
y en cada mirada morirá la apariencia
y desnudo y bello
te arrojará la fábrica entre nosotros.
EL OBSERVADOR
Éste es el hombre,
el nobilísimo verdugo,
lo veo inclinarse,
veo las cuatro paredes de su reino,
la línea débil de sus brazos.
Hoy vivo con el desconocido
y desde afuera le digo
que olvide al tiempo,
que no lo guarde doblado
en su pequeño cajón de escolar,
que vea su vuelo,
su salud profunda de viajero,
que lo siga de lejos.
Canto villano. México. Fondo de Cultura Económica. Segunda edición. 1996. Págs. 43-46.
EL LIBRO DE BARRO
1993-1994
Hundo la mano en la arena y encuentro la vértebra perdida. La extravío al instante. Sombra de marfil, desangrada. Mi padre sonríe. De este lado del mar la espuma es oscura. Huele a fiera me dice la pequeña amiga. El mar huele a vida y a muerte le respondo. Supongamos que es así.
La salud aferrada a la roca. Piedra sensible a la luz. El cazador carece de manos y pies. Es ciego y desea. Y su deseo es el bosque bajo el agua, poblado de sexos en flor o de flores maestras que horadan el silencio con sus grandes picos rojos y lentos.
*
Seguridadde lo cambiante. Columna de polvo sostienen el cielo de la tarde. Desaparecen como un pensamiento demasiado intenso para durar. Eternidad circular, evasiva. Ahora más lejos, al poniente, fuego destinado a morir tiñe todo lo visible, lo vivo. También lo inerte, pero con menos esplendor.
La noche confirmará este recuerdo.
Los días son iguales, las horas no. Calidades del tiempo inagotable y escaso. Uno y ninguno. El ojo mide como una araña su territorio. Fiebre bajo las hojas y nieve en el corazón.
Hallar el frágil huesecillo de la estirpe al azar y perderlo.
*
La mano de dios es más grande que él mismo.
Su tacto enorme tañe los astros hasta el gemido.
El silencio rasgado en la oscuridad es la presencia de su carne menguante.
Resplandor difunto siempre allí. Siempre llegando.
Revelación: balbuceo celeste.
Día cerrado es él. Dueño de su mano, más grande que él.
*
La sangredel cordero africano es indeleble.
También las flores de labios prietos, sedientos.
A la mitad del campo agoniza semejante luz sin advertencia. Como una arpa del señor de los huesos suelen llorar al son del viento. Destilan música los huesos, al son del hambre.
Ojos susurrantes se abren y cierran donde ni cal ni arena fueron sino edades y cenizas del corazón.
*
Lentoscírculos, infinitas islas en un mar interior que gira sin pérdida ni ganancia.
Llegar a eso. Al inexplicable balcón sobre la noche silenciosa y desvelada. Retroceder hacia la luz es volver a la muerte. El reloj vuelve a dar las horas perdidas.
*
Llevar la decrepitud como una flor. O como una corona. Es envidiable el otoño, la segura y hermosa dignidad con que se acuestan las hojas de los árboles sobre la tierra.
Es envidiable el invierno en estas latitudes donde la nieve y el silencio se parecen a la sabiduría que nos seduce por su ausencia de sombra.
*
El dolor entre dos paredes ya no es el dolor. Ponemos el día y la noche entre nosotros. Todos nos une y nos separa. Tanto olvido es otra vez descubrirse, evitarse, girar en redondo. Estrella invisible fuera de órbita. Órbita que fue o es la memoria. Lado de sombra, la memoria crece y se devora, y la luz está cerrada y vacía como un estuche inútil donde alguna vez algo brilló hasta consumirse.
Extrañeza de la propia mano, la que toco. La ajena mía. Eso existe. Zona inexplorada de la carne íntima. Otra tierra en la tierra. Eso en la soledad del cuerpo tendido bajo la noche.
Amado objeto mío. Antiguo amado objeto mío, desdeñado como pocos. En el aire, donde la razón y la locura se cruzan, hojas alucinantes de un árbol repentino que resuena como un animal condenado a vivir hacia adentro.
Mil pupilas en lo oscuro, estrellas inventadas, borradas y nuevamente encendidas en la noche más larga de un ser vivo que gime.
El amor es la tierra más frágil. En el origen del silencio el sílex castigado llora humanamente. Como un hombre. Como una mujer llora.
Danza lo inerte, lo informe se ilumina, el vacío procrea.
Descansa el eco.
*
Bastade anécdotas viandante.
El mar se ha detenido. Hasta aquí tu vida, ha dicho. Y el cielo demasiado maduro ha inundado paredes y ventanas.
A grandes pasos se ha detenido llegando a todas partes y ha repetido lo mismo.
Hasta aquí –seda oscura y ripiosa su voz- tu vida, ha dicho. Ésas fueron sus letras.
Canto villano. México. Fondo de Cultura Económica. Segunda edición. 1996. Págs. 231-239.
“ANTES DE ESCRIBIR ESTAS LÍNEAS”
Antes de escribir estas líneas durante varios días dejé un papel en blanco sobre la mesa. Lo miraba en las mañanas cuando salía a mis obligaciones, y allí estaba: blanco, rectangular y vacío.
Cuando regresaba por las noches continuaba exactamente igual. Nada lo había alterado. Seguía en el mismo sitio: blanco, rectangular y vacío.
Transcurrieron algunos días y, finalmente perdí las esperanzas y comprendí que nadie lo haría por mí. Tenía que escribir lo que estoy leyéndoles. Estas pocas páginas en las que he tratado con enorme dificultad de hablar sobre un tema que no domino y que me produce un gran pudor: me estoy refiriendo a mi trabajo de muchos años, a mi poesía.
Encontrar una coherencia entre estos textos y las circunstancias en que han sido escritos sería lo indicado. Ejercitar lo que Roger Caillois llama “la imaginación justa”. Es decir, poner los pies en algún lugar de la realidad y repetir en este pequeño testimonio, lo que creo haber perseguido siempre con la escritura: no evadir la realidad sino explorarla, encontrarle sentido, convivir con ella, asumirla.
Terminada esta frase me doy cuenta de mi pretensión, pues sé perfectamente que no logrará este propósito, en la misma medida en que mi poesía tampoco lo ha conseguido jamás.
Este acoso de la realidad al que estoy haciendo mención no es sino un pretexto más para continuar creyendo que podemos librarnos de ella, ser “otros” y no aceptar que es ella la que produce nuestros fantasmas, obsesiones y deseos. Que es ella la única que dicta nuestros crímenes o nuestros sueños.
Alguien ha dicho algo que para mí es cierto: que la poesía es un vicio que se adquiere con la infancia. También es cierto que algunos se curan con los años, y que otros quedamos enredados para siempre en sus buenas o malas artes.
En mi caso particular todo comenzó desde muy niña, como un juego bastante secreto y obsesivo. Recuerdo muy claramente que no me gustaba demasiado lo que me rodeaba y que, al mismo tiempo, me gustaban demasiado las palabras, su sinsentido, su música.
Recuerdo, también, que podía y solía repetir una misma palabra durante mucho rato, palabras especiales que tenían una rara fascinación en mis oídos y en mi mente. Las repetía sin fatiga, las decía al revés, tan rápido como me fuera posible. O demasiado despacio, alargándolas, estirándolas, adelgazándolas. También podía usarlas para lo que no se debía, o invertía sus sílabas o cambiaba sus acentos, sin otra regla que mi humor o mi voluntad.
Cuadernos hispanoamericanos. Madrid. Nro 34. Mayo-Junio 1998. Pág. 34.
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