TRÍPTICO DE LA MEMORIA.
TRÍPTICO DE LA MEMORIA.
Prefacio
Un tercio de lo que vemos lo recordamos.
Un tercio de lo comprendido es verdad.
Primera parte
I.
Siempre que estás a punto de morir te preguntas
si has llegado hasta allí sólo para que te falte el aire,
y si has dejado todo en orden o si algo falta.
Y nada de eso tiene que ver con tu muerte,
con el modo concreto en que dejarás de respirar
en este mundo y es seguro para siempre.
Cuando finalmente no te mueres nunca, y te das vuelta
en la cama buscando el cobijo de tu respiración
te dices “podría haber terminado aquí”, y no te acabas.
***
No te acabas y cuando estás a punto de recomenzar
tratas de decirte algo, y no lo hallas,
algo que suene convincente y airoso, y no el silencio
o la confusión de las mañanas en que abres los ojos
a tientas en un mundo que se apresura a coagularse,
darse una forma que vaya uno a saber qué satisface.
Los ruidos de las mañanas; los bienvenidos, dulces
ruidos del universo pequeño donde abres los ojos,
suenan sin cesar. Tu hora es esa, dices, y la miras.
***
Oyes los ruidos de la mañana, que comienzan en sordina y aumentan
con las horas, te vas acostumbrando a la inmensidad, al tráfago de estrellas
que circulan justo encima de tu cabeza, cuando vuelves a casa de noche
o sales al patio a inspeccionar cosas pequeñas, y el cielo gira allá
donde tu vista no llega. Es una manera que tienes, la de mirar desde la altura
de tus ojos, que te hace inmune al vértigo de la enormidad en que nadas.
Sin embargo, tus pasos, que supones medidos y cortos, van acelerados,
van a una velocidad que te aterraría si acaso la imaginaras, desde donde vienes
a este momento y, sin aliento, sin concierto ni destino, al que le sigue y sigue.
Ediciones En Danza, 2020. Miguel Gaya.
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