Hostal
I
Sin pensar
sin imaginar
mi lengua te exploraba
junto a la ventana
sobre la cama deshecha
el canal
a unos centímetros
que debíamos apresurar
abordar entre voces
ásperas por el tabaco
y el toque de armonía
entre tus piernas ya cansadas
sin mirar atrás
ni volvernos sal
una vez más.
II
Nos miraron brevemente
quisieron olvidar
la forma cúbica
de encaje
la puerta que abrió
y cerró
nuestras frágiles expectativas
fuimos débiles
nos quebrantamos
al subir esa colina
en las afueras
de ese pueblo
inhabitado
y un cartel al viento
te mostró la furia
de un amor
arrebatado
y permanente
III
Buscábamos donde dormir
entre diagonales
más allá de un caupolicán herido
desagarrado
ya sin alma
el hombre joven con mirada bates
nos dejó pasar
la casa limpia
y ordenada
la tensa calma
más aún al desayuno
el anfitrión sirvió
dos trozos de almidón
y escuchamos la señal
el golpeteo
esa melodía que nos unió
durante el viaje
nos atamos al jardín
bajo las flores
esta soy yo, te oí decir,
pero no importaba
no importaba
nos habíamos perdido ya
demasiado lejos
IV
Recuerdo la tormenta
el sonido de los truenos
el cielo impávido de luz
la lluvia en todas direcciones
los celajes
batiéndose hacia el sur
forjamos el amor movidos por
la fuerza del océano
el torbellino sucedió por el camino
apenas inclinado
el hilo disolvió
por un segundo
hasta ver allá
al final de un horizonte
atizado por relámpagos
un destino escrito sobre las mareas
indeciso y furioso
irrefrenable
V
Los años destilaron
bajo el puente
en el que nos volvimos a encontrar
guiar
hace unos días
la melodía de aquel verano fresco
el rumbo decidido
al otro lado
hacia la isla
en que bates nos dio hospedaje
y desayuno
en una habitación clara
frente al patio de las flores
y tu voz imaginó otra vez
esta soy yo, repetiste,
la isla nos espera
en otro tiempo
en otra calle diagonal
un viaje al mar
un cruce gigantesco
definitivo
natural
la despedida
en A ultranza, 1969
Pintura: Theodor Kittelsen
(Fuente: Descontexto)

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