“!Allí viene del monte, allí está en el bosquecillo!
Lo vimos nosotros mismos, es el que cambia en vino
El agua y habla con los muertos”.
Oh si pudierais oír mi risa en la noche tal vez:
Ahora suena mi hora, ahora se llena la red,
Ahora acuden los peces al anzuelo.
Los sabios, los dementes – el loco pueblo se deshace,
Desarraiga los árboles, el cereal machaca, abre
Camino al paso del resucitado.
Ninguna obra hay del cielo que yo no os la haga.
Sólo falta un pelo, no os dais cuenta de la trampa
Con vuestros sentidos ciegos.
Os creo para todo lo que es singular y complicado
Lo más fácil, una cosa que es como oro pero es barro,
Como aroma y jugo y sabor.
Y lo que el gran profeta no se atreve a realizar:
El arte de sin más talar, ni sembrar, ni cultivar,
Chupar fuerzas guardadas.
El príncipe de la roña hace que su reino ensanche,
No hay tesoro que le falte, ni dicha que le escape…
¡Abajo resto de los indignados!
Jubiláis, encantados de la demoníaca trampilla,
Derrocháis lo que quedó de la anterior semilla.
Ahora sentís la penuria antes del fin.
Entonces colgáis vuestra lengua en la artesa que seca,
Andáis perplejos cual ganado por caserío que se quema…
Y terrible resuena la trompeta.
(Fuente: El hombre aproximativo)
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