jueves, 3 de agosto de 2023

Roberto Guareschi (Buenos Aires, 1945)

 

SELECCIÓN DE SU OBRA

De «Románticos Carnívoros»
 
I
Una épica local
Los fantasmas alaridos
Vienen en niebla y en fila
llenan la calle son una masa transparente
muertos vivos
los fantasmas alaridos
avanzan hacia el puente Bosch
entre persianas bajas y árboles pelados
van a entrar a la ciudad donde empezó todo
arrastra los pies en el aire de bruma
brazos caídos
una que otro mueve labios negros
Lidia escribe en la pared con el dedo
aparición con vida
con su sangre blanca escribe.
¿Es ella?
su pelo lacio su culo chato
fiera desnuda escribe
aparición con vida / ni olvido ni perdón
luego vuelve a la marcha
lleva algo en el cuenco de las manos
es la foto de su nena
la alza sin mirarla y la traga bajo ese sol sin sombra
en olor de faena y matadero.
Lidia tiene un agujero en el pecho
la nena sale por ahí se vela y cae.
Un aire helado viene del puente los cuerpos
flamean contra una lluvia de cosas mustias
dientes
vello púbico sangre
piel quemada
espinas de pentotal pánico
arena negra fondo de río
diarios íntimos, diarios de guerra
memorias que quedaron vacías.
Dice Lidia:
bebita estuviste en mi panza
más tiempo que en mis ojos
aunque nunca te alcancen
estas palabras son tu carne para siempre.
Lidia cada noche me mirabas con rabia
querías llevarme
el horror esperaba atrás de la puerta
es la guerra la guerra me decías
yo temblaba en las esquinas del cuarto sin luz.
Los fantasmas alaridos
se amontonan en la boca del puente
y en los bordes del agua
algunos abren la niebla y se desprenden
caen al agua del matadero
desaparecen
otros se apuran
miran de costado y siguen.
Lidia veo todo borroso
siluetas lentas amarillas
fuegos contra un cielo estremecido
¿en qué parte del puente estás?
¿Cruzaste ya
o estás en el fondo viscoso?
¿Era la guerra?
Era tu cuerpo Lidia.
Ya está.
No me digas más.
Todo es tarde. 
 
***
 
No te vayas sin mirarme
La muerte se lleva primero tus ojos y
deja espejos húmedos
hondos en tu cráneo.
¿Te vas?
Tus dedos jóvenes se agarran
a la correa de mi reloj.
¿Soy una luz que se aleja de vos?
Mamá, ¿en qué lugar de tu memoria estás?
La
febre adelgaza tu piel
la pega a tus huesos fnita como agua brillante
tantas veces tu piel me ha dado miedo.
¿Escuchás las voces de otras viejas?
Te están soñando inmóviles
en camas hondas como cunas
esta noche de misa.
Tu pecho hace ruido
tan pequeño y tanto ruido
cada respiro termina
en una pausa demasiado larga
cada respiro es una ola que boquea en la arena
pequeña madre
tu cuerpo tiene el olor hiriente
de un cuarto cerrado y húmedo hace años
pasé la infancia en una historia de ese cuarto
pero tu olor entonces era dulce,
el de los paraísos forecidos,
y los mediodías tenían color de mandarinas en el pasto.
Tus ojos parecían celestes
y tus piernas lujosas
plegadas a mi lado en un banco de plaza
eran un recuerdo de alegría para siempre.
Pero esos ojos no eran celestes ni dichosos
tenían una tristeza insomne
y aquellas piernas eran miedo
que me cerraba la garganta
para que no se me escapara el cuerpo.
Tu piano canta todavía en aquel cuarto vacío
notas húmedas que resbalan en mi cara.
¿Y yo qué hago?
Dejame mamá
las viejas ya están ululando.
¿Qué dicen?
¿Morir tiene este ruido y este olor?
¿tiene palabras?
Te quiero mucho
Yo también
dice tu voz sin aire
tu boca es un abismo negro
y mi voz
mi voz es un escándalo
soy Roberto
no te vayas sin mirarme.
 
***
 
De «Los gritos del agua»
Segunda noche
Carlos empezó a hablar ni bien llegó:
Hay un lugar en el fondo del país
donde estamos esperando
sin esperanza y sin nombre
allá no hay tiempo hay silencio.
Somos fantasmas alaridos
flameando en un bosque líquido
como náufragos sin cielo y sin fondo
somos el agua de la ciudad
continuamente reciclada y siempre oscura
agitamos el río y forzamos las mareas pero
cada vez menos gente escucha los gritos del agua.
Sentí ganas de consolarlo. Se quedó mirando el resplandor rojizo de la ciudad en el cielo. Me contó que había estado más de un año y medio en cautiverio en la escuela militar.
Una noche por semana
nos reunían y leían una lista
quince o treinta
elegidos drogados casi muertos
en un avión que abre el buche y los vomita.
Vivíamos de a siete días.
Yo rezaba plegarias inventadas
apretado al rosario
que me había dado una compañera
pero un miércoles dijeron mi nombre.
Esperé en fila frente a una puerta blanca
como un consultorio
sabía pero no quería creer.
Me desperté desnudo
en un piso de metal
con el cuerpo en declive al río
en un ruido de engranajes rotos.
Vi uniformes de fajina
y puños que querían borrarme
sentí que me alzaban
me agarré a un borde
y se me rompieron los dedos.
Inmóvil en el aire
el agua voló hacia mí
abierta como una boca
y me envolvió en silencio.
Perdí el cuerpo.
Lo vi irse con los brazos abiertos
no era una cruz
era una flecha derivando
se disolvía en el río
buscando otros cuerpos en los poros del agua.
El río de la noche
tiene el lomo de una bestia
y galopa en el fondo barroso
con el sudor blanco de los caballos.
Quinta noche
Combate
 
[Fragmento]
Me adelanté y le leí algo que traía anotado:
Nuestra historia no tiene épica
antes de empezar habíamos perdido.
El sueño se nos hizo polvo y miedo
y ya no había más remedio ni sentido.
Él:
Yo decidí seguír.
Cumplía las órdenes.
Mi primera arma fue una '45
que había sido de la cana.
La vi esperando mi mano
sobre una mesa a campo abierto
una tarde en un polígono de tiro
traía el miedo de la muerte.
Apunté. A cada disparo se alzaba
quería soltarse
pero cuando cayó el sol
yo ya sabía sujetarla
y recuperar el blanco en la mira.
Ninguna otra arma que usé
fue tan íntima.
Con esa lo bajé al conscripto.
Yo:
Estoy anotando.
Él:
Hacete la imagen de un pueblo
a la hora de la siesta
suenan tiros
en las casas explota el aire
estancado en las piezas
y sólo queda el miedo vibrando.
Un criollito conscripto grita Viva la patria
despierta al regimiento
y ya no hay Victoria siempre
nos cagan a balazos.
Viva la patria carajo gritó el conscripto y tiraba.
Cambié la pistola de mano
(no tenía ángulo de tiro)
y le apunté a esa rabia;
la bala le entró en un ojo y le arrancó la oreja
el otro ojo quedó abierto de sorpresa.
Corrí entre planos de luz
iba en el aire
animal sin muerte
las balas me zumbaban
quebraban las hojas
me abrían camino.
Un compañero se me cruza.
José (era chofer de un ómnibus escolar)
sangra se va agarrando las ingles patina
en la grava cae me mira
con una pregunta en los ojos
que todavía no pude descifrar.
Héctor (abogado laboralista)
avanzó hacia el polvorín
con una granada en la mano
inexplicablemente llegó
estaba lleno de heridas
chocó contra una ventana
como un espejo que le mentía el cielo.
La granada le explotó en la mano
explotó el polvorín
y las llamas se tragaban el aire.
Elsa (criaba chinchillas
con su marido en una casa franca)
corrió hacia el casino de oficiales
iba derecho a una bala
como un pájaro que va a iniciar el vuelo así
juntó las clavículas
y cayó de boca con un agujero en el pecho.
Los milicos se animaron
eran una correntada
vi que iba a morir
y me quedé clavado en el piso.
Tuve que hacer mucha fuerza para salirme de eso.
El parte de guerra dice retirada
vos poné desbande.
Sexta noche
El pescador ausente
Esa noche había un hombre frente al río con una caña de pescar en las
manos, inmóvil como un dibujo. Parecía ausente mirando el horizonte.
A su lado en el muro había una radio que pasaba rock nacional.
Recuerdo algo de una letra:
Estamos ciegos de ver
hartos de huir
ya no tendremos raíz
ni hogar.
Carlos apareció sentado sobre unos escombros junto al paredón. ¿Habrá
visto al pescador o lo vi solo yo? Me dijo:
Un día supe
que el Guerrillero Gordo
había volado a Roma
para solucionar importantísimos problemas de Estado.
Decidí esconderme, cortarme solo.
Me afeité delante de mi hija,
no quería que me desconociera sin la barba.
Los pelos cubrieron el lavatorio
después me enjuagué la miré
y se asustó de mí:
Papá ¿dónde está tu cara ahora?
¿Vos te vas a morir?
Me dio su cadenita de la Virgen
y salí sin saber adónde ir.
Compañeros perdidos en procesión
cuadras enteras
por la avenida más larga del mundo.
Me fui con ellos bajo un sol rabioso
el miedo nos daba frío
y aunque marchábamos apretados
como animales ateridos
en cada esquina nos revoleaba el viento.
Calles como etapas.
Nos fuimos desgranando
y me quedé solo.
Una noche en Parque Chas
vi a una compañera pararse en la altura
frente a un ejército atónito
se pone una pistola en la cabeza y dispara
en nombre de nuestra generación entera
y en un silencio de fondo de mar
vi un fragmento de su cráneo
volar como una esquirla
volaba girando
y vi a su padre
tirado sobre su propia sangre en la vereda
anteojos puestos
aún se movía entre botas militares.
En el borde del Riachuelo
tres mujeres encapuchadas de blanco
tomadas de la mano
tanteaban el suelo antes de cada paso
y en una calle de Pompeya había cuerpos
caídos como árboles.
Entré a una casa de mala muerte
era la casa de mis once años pasillo al fondo
mi padre parecía un muñeco de paño
sentado en el borde de la cama. Me dijo:
Tienen a tu mujer y a tu hija
y dicen que el tiempo se acaba.
Pegué la vuelta.
Los milicos me estaban esperando
disimulados entre madres y padres
a la salida de la escuela.
Mi hija se agarró a la maestra
yo le grité Papá te quiere,
mi mujer escondía la cara:
ahí supe que ella me había señalado
para salvar a la nena.
Le agradecí eso
todo el tiempo que seguí vivo.
Escenas de un final
Cada uno recibió su pastilla.
La orden era no caer vivo. Caer muerto, era.
 
 
G.T
1
Mirás lo que falta hasta la avenida
que, ya sin tu arma y sin aliento,
es sol de frente, final y ausencia precipitada
de todo amor
una tarde como cualquiera.
Corrés. Llevás a la nena en tus brazos
pienso que va a los saltos dormida,
leche regurgitada en el labio inferior,
brote de una manta blanca tejida
que empieza a deslizarse.
El padre quedó atrás.
Tenía una bala en la pierna y masticaba un veneno
sentado contra un árbol.
Te miró con pudor de que lo vieras matarse.
Corrés. Buscás una cara de bondad,
sillas en la vereda,
zaguanes con macetas de tres patas,
y en tu boca
esa piedra minúscula está retrocediendo.
Ya sé:
vas a poder entregar a tu nena
aunque empiezan los tiros y los gritos,
ni una cara de bondad.
Pegás un alarido
doblás en la avenida.
La gomería. Ahí va a ser.
Una cubierta de camión pintada blanca,
un cero en la vereda
y adentro, de perfil en la oscuridad,
hay un viejo ajeno o sordo.
Ultima posibilidad
y despedida.
Besás tu leche cuajada en los labios de la nena
pero el padre
seguro ya se tragó la muerte.
Y vos, en la garganta, esa piedrita
que en cualquier momento pasa.
Todavía no.
 
 
(Fuente: Gilgamesh)

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