Poemas 1969-1985EDICIÓN AL CUIDADO DE CÉSAR AIRA
Poemas 1969-1985
EDICIÓN AL CUIDADO DE CÉSAR AIRA
*
Las casas se abandonan, los domicilios
En las piezas de hotel barre la mucama
y el nombre todavía, con la rúbrica al lado,
figura en el registro.
Pero igual se voló el tipo.
Es la cosa, entonces, tan difícil.
En una rara ciudad — el ave,
tal vez, de todas las ciudades —
tener como tarea buscar,
recorrer piezas vacías, encaladas.
El portero y la mucama ríen bajo cuerda.
—Huyó —dicen—, huyó,
por la puerta de mármol.
Yo lo busco: él puede estar
tras las cortinas de una ventana,
observándome.
No mirará gran cosa el pobre idiota.
Solamente,
al otro infeliz que lo rastrea.
En el cielo el avión de propaganda.
Los hechos ocurrieron hace tiempo.
Tengo fiebre y floto
sobre suelas agrietadas,
camino en el agua.
En el bolsillo del impermeable llevo un arma.
Me siento
el gusano más débil de la tierra,
el más lebrel apenas.
Había podido mirarme con superioridad
y decirme que mi dinero era sucio
y que no lo tocaría.
Pobre mujer. Sonreí para mis adentros.
Nadie sabe, nunca,
el día siguiente, el otro día.
* * *
Sí, he llegado.
Estoy en la casa de su mujer.
Señora, piedad. Ábrase de piernas.
Sésamo, ábrete. Me gustan estos muslos
de manteca. Me gusta abstractamente claro, la muerte
Ella y su corpiño,
por añadidura negro, hacen aparecer
Los senos inefables.
Si desde la ventana me disparan
Mientras estoy en cópula
El disparo me desparramará los sesos
Y me iré al hueco sin cabeza.
Usted, Señora, fue su mujer y lo es aún.
Cuénteme de ese hombre suyo:
Señora, sus tobillos,
Por de alguna manera decirlo
Tienen la rara calidad del alabastro
Y la blancura de las hostias.
Las venitas del empeine,
de la mala pécora del empeine,
Son todos mis días de deseo, los cálices,
Una vida religiosa de deseo.
Empeine, Empeine
Oh Señora
Oh Clítoris
Mi lengua crotta quiere estar ahí
En su covacha de sal incierta
En la penumbra de la hornacina.
Encendió el hornillo y puso el agua.
Me excitó no poco verla moverse por la cocina
envuelta en aquel vestido
tan ajustado. Todo
en ella me atraía.
A la noche me tomé una botella entera de ginebra
y unas cuantas pastillas de veronal.
A la mañana siguiente no estaba muerto.
* * *
UNAS BOLITAS DE MERCURIO
UNAS BOLITAS DE MERCURIO
a Susana Cerdá
Cuando la pasión se hace fuerte, pero muy fuerte,
El cielo monta su gatillo
Y entonces estamos perdidos
Mi muy querida
Más, tal vez, nos valdría...
¡Oh, no, nada nos valdría!
(Salvo este gustito de perecer en el intento)
Porque la cuestión es nuestro galimatías adrede.
Claro: no hay cuestión.
Aunque (jamás escribir aunque)
¿Por qué no hay cuestión?
No me preguntes, querida
Ya estoy un poco harto de tus preguntas
¡Aunque!
Igual te amo al calor del diálogo
Y, y no nos entendemos
Prefiero tus pies de monja sobre la boca
“Del que no sabe pensar”
Yo
Electrizantes pies de monja
Cada uno de tus hermosos pensamientos
Los tiraré a la basura
¡Aunque!
Porque siempre estaré a tu lado
Millones de lados
Una sola mujer
¿Dónde estás, paradisíaca?
Jacobo Fijman no se atrevería a retomar las estrofas pasadas de este poema. Yo sí, mi Amor Divino
se Pasma con los Escandalosos Resplandores de su Estela. Si copio el metro de los traductores de Walt
Whitman, su suave libertad,
su ritmo de mover
los hombros en un desarrollo
adap-tado de Pri-mer Movimiento y decir
cada
tanto
una palabrota mostrada como inconsecuente,
es porque ese ritmo me permite también retomarme a mí mismo
traducirme.
Pasan los años
y mi gran cambio de color
* * *
NOCTURNO
NOCTURNO
(para Néstor Perlongher)
Fibras de oro, ¡eso era!
el buey torcido y la aurora:
nace la aurora ¡resplandeciente!
Pero lo que hoy no es el amparo
¡de tu mirar!
Y si no es no es
(...si no es el amparo de tu mirar...)
El Sabio Negro agoniza, hermano. ¡Miles de pirulos!
Señores argentinos, y no
¡citoyens du monde!
El falo: fálico, y la frase
¡frástica!
Aforismos en Buenos Aires, y dónde si no
¡mi alma!
La callecita de perfil y la Noche ya madura para el símbolo:
Gardel lloraba y se comparaba con Lázaro
porque el arte —él decía— es la resurrección de los muertos.
Nace la aurora (fuma, fuma)
y yo estoy en pie para sentarme
—...nace la aurora... resplandeciente...—
El estilo, un vuelo de perdiz.
un desliz.
Un tropezón...
Con la propuesta —de piedra— de no ser alusivo
me convertí cada vez más en alusivo y alusivo y alusivo.
Y alusivo:
no versa de nada.
¡nace la aurora!
¡Si yo supiera cantar!
Resplandeciente.
La sombra de una lágrima
¡la sola sola sombra de una lágrima!
¿Cómo se acentúa?
Y cada vez menos decir menos.
Y cada vez (¡por favor!)
más una lengua blanca como la leche.
Cayol: —¡Un cotorrito blanco como la nieve!
Bicharraquear —kafkianamente.
Porque las cosas groseras les pasan a los seres delicados.
O.V. Lamborghini
8 de diciembre. 1980
(Fuente: Cecilia Pontorno)
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