Víctima del fuego
Una vez, al subirme al tren a Nueva York,
todo el pasillo lleno y los asientos ocupados, vi
un lugarcito libre -con gente que guardaba
su distancia empujándose- y muy pronto
me dí cuenta del por qué: un hombre con la cara derretida,
vuelta a coser apresuradamente, injertos que chorreaban
como cera que se calienta y luego se congela, un ojo liso
tapiado de carne y el otro, frío, que oteaba por la ventana.
Acalambrado y harto de empujones, yo también evité
sentarme en el asiento vacío, ese lugar, y me abrí paso
al siguiente vagón, después al otro, pero ahora
me pregunto por qué el fuego que lo podría haber matado
no lo hizo y lo cruzó de quemaduras; si llama vida
a este espacio por el que se mueve, espacio oscuro
al que nadie se atreve a entrar, y qué fuego
arde en él cuando nos apartamos.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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