sábado, 5 de agosto de 2023

Miguel Ferreirós (Argentina)

 

INFANCIA
 

Los enormes corpiños de mi madre
colgaban en la soga
jugando al sol,
la heladera no dejaba de roncar.
 
En el pequeño patio
hay polillas y palabras olvidadas
cayendo como hollín
trompo-figuritas-prueba-plaza
 
on-ga-ní-a
¿qué clase de animal será ese?
 
 
*****
 
 
Esa mujer andaba húmeda como la calle
con búhos en los ojos y cierta estampida
de girasoles en las mejillas encendidas.
Sonreía de vino, de varias copas de vino.
Entre tango y tango le crecía un murmullo
de martillo en la mirada y los muslos se le
apretaban con bronca de herida, pero,
simulando una sonrisa, como cuando la noche
te agorriona feliz e inocente de travesuras
estruendosas, y te aprieta en el corazón,
madrugadas tristes con ginebras.
Su amor de gota a gota entonces se iba secando,
y empezaba a oler a pólvora y a fatiga de viajero
que se abandona a insoportables distancias,
si en ese momento querés hablarle, empuña
una nostalgia y te derrite a maleficios con sus ojos,
te dibuja la cara con el fondo de sus cicatrices,
y te besa con un diluvio de estrellas que se rompen,
luego te mata con el follaje salvaje de su desnudo,
si tiene ganas,
entonces, se abre el pecho y te muestra la luna
por un instante y su corazón fatigado, atado
para siempre, como una fiera, a la tormenta
viscosa y ceremonial de la noche.
Esa mujer andaba húmeda e inmisericorde
como una sudestada desatada, con el alma
en apuros, pero acostumbrada, con los
zapatos de baile que le regaló la madre
en la encrucijada del tango, o no tango.
Armada con esa hermosa sonrisa que era capaz
de volar al fondo de mis fronteras de humo,
tan tristes, como su olvido.
 
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(Fuente: Meta poesía)

 

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