INFANCIA
INFANCIA
Los enormes corpiños de mi madre
colgaban en la soga
jugando al sol,
la heladera no dejaba de roncar.
En el pequeño patio
hay polillas y palabras olvidadas
cayendo como hollín
trompo-figuritas-prueba-plaza
on-ga-ní-a
¿qué clase de animal será ese?
*****
Esa mujer andaba húmeda como la calle
con búhos en los ojos y cierta estampida
de girasoles en las mejillas encendidas.
Sonreía de vino, de varias copas de vino.
Entre tango y tango le crecía un murmullo
de martillo en la mirada y los muslos se le
apretaban con bronca de herida, pero,
simulando una sonrisa, como cuando la noche
te agorriona feliz e inocente de travesuras
estruendosas, y te aprieta en el corazón,
madrugadas tristes con ginebras.
Su amor de gota a gota entonces se iba secando,
y empezaba a oler a pólvora y a fatiga de viajero
que se abandona a insoportables distancias,
si en ese momento querés hablarle, empuña
una nostalgia y te derrite a maleficios con sus ojos,
te dibuja la cara con el fondo de sus cicatrices,
y te besa con un diluvio de estrellas que se rompen,
luego te mata con el follaje salvaje de su desnudo,
si tiene ganas,
entonces, se abre el pecho y te muestra la luna
por un instante y su corazón fatigado, atado
para siempre, como una fiera, a la tormenta
viscosa y ceremonial de la noche.
Esa mujer andaba húmeda e inmisericorde
como una sudestada desatada, con el alma
en apuros, pero acostumbrada, con los
zapatos de baile que le regaló la madre
en la encrucijada del tango, o no tango.
Armada con esa hermosa sonrisa que era capaz
de volar al fondo de mis fronteras de humo,
tan tristes, como su olvido.
(Fuente: Meta poesía)
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