
UNA LLAMA EN AMÉRICA
la violencia del día desde el mar, en el este
y las limpias llanuras centrales y quebrarse
en los pinos y el viento de levantadas tierras
marchando hacia el oeste? ¿Han conocido gente,
construcciones y perros persiguiendo el camino
vastísimo del sol? ¿Y hacia el norte, cruzando,
los pantanos y l polvo, la culebra y el cacto,
horizontes que arden en azul desvaído
donde se mueven hombres, aquí y allá,
dispersos, que pisan con certeza la piedra, la humedad
de los bosques? Son ellos, los nuestros. Sin embargo
ustedes se preguntan qué es este extraño acto
de vivir en América, qué singular medida
debe adquirir el alma para que tantas cosas
no le sean ajenas. Oh, la respuesta se pudre
en el ámbito escaso del estudioso cráneo,
la indagación, la náusea, más errónea que cierta.
¿Pueden oírnos? Esto: una llama de América
donde ardemos nosotros, sangre de todas partes
justificada en nuestras actitudes y sombras.
Afirmativos, hemos aprendido en silencio
a usar las manos antes y dspués a hablar claro,
y amando, sin saberlo, fracasados caminos
en las noches de otoño, atrás fueron las ruinas
y adelante hay hombres, un resplandor cercano,
el sentido preciso que es estar en América.
Ustedes, los que juntan primero pensamientos
antes de la pasión, pálidos y febriles
con tabaco y café, con rabiosa memoria
para el pasado, aquí, bien desnudos nos tienen
ferozmente ocupados en construirlo todo,
sin interrogaciones tendidas hacia el mundo,
asintiendo a lo nuestro como aceptan sus propios
huesos los dulces animales de América.
Ustedes, hace mucho, perdieron la inocencia
bajo la frente, pero heredada no fue
por nosotros: sabemos que toda podredumbre
no se agota en sí misma, que la insomne y constante
dignidad de la muerte da un extraño sentido
a la acción, mas por ello no es menos cierto el fuego
que esta arcilla nos da, con tiempo y abundancia.
Somos millones y esto es bueno. Tan bueno
que da limpia razón al nacer y al vivir
cuando con claridad se miran estas cosas,
incluso las calladas maldiciones del hambre,
la mentira y la muerte de hombres contra otros
y la imbécil miseria indigna hasta en un perro.
De manera que basta, pensadores oblicuos,
a callar de una vez, invitados están
a la mesa de todos. ¿Les faltan dioses? ¿Tienen
poco sabor las uvas más recientes del mundo?
¿Es vacía y extraña la razón de sentarse
y comer y estar juntos y marcharse después
cada uno a su rostro? Pero, miren, a nadie
interesa la ruina de indagar en sus actos
sino callar y arder construyendo lo suyo:
este levanta un muro, otro va oliendo el viento
de mañana, en el sur; todos son lo que hacen
y también lo que cae en el polvo, deshecho.
Eso aprendan ustedes, estupefactos, fríos
cerebros clausurados a la llama de América
en busca de la exacta palabra que la explique
y no del acto justo. El secreto está abierto:
a lo largo del viento y de los ríos somos
la multitud de América. La violencia del día
desde el mar, en el este, puede enseñarles esto:
la significación de la arcilla que amamos
no será concedida por la triste incoherencia
de la pálida mente, sino ardiendo en la llama
que persiste en sí misma y es su propio sentido.
(Fuente: Daniel Rafalovich)
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