Suculenta
Qué me apestó este año de la peste:
la vida que arde en mí,
de la que me formaron y me hicieron: vi
en todas las cosas mi propio ser efímero.
Rápidos colibríes en los arbustos,
una señal sólo para mí. Una mariposa monarca
de un azul parpadeante, el viento que instaba
a unos tallos de forsitia a que bailasen,
a pesar de su evidente dolor. Me convocaron
todas estas cosas. Dos halcones negros
posados en unos cables de alta tensión,
después uno alzó el vuelo.
Tras orquestar mi soledad, me vi
como una planta de interior: el ego verde
machucado, mi deseo suculento que se robaron
medianoches largas como un año. Me vi:
¿con qué luz? ¿el terror sordo
sigue siendo terror? Sin origen, ¿estaba en reposo
o en movimiento? ¿Y de quién sería la mano
que me vendría a regar a la mañana? No hubo mano
que apaciguara con un gesto mi música frenética,
aunque interrumpió la quietud. Suena cada vez más fuerte.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg.
(Fuente: Ricardo Ruiz)

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