domingo, 18 de octubre de 2026

Pablo Ananía (Rosario, 1942)

 

 

 

 

 

𝐃𝐞𝐦𝐨𝐜𝐫𝐚𝐜𝐲
 
 
En soledad y silencio todo hace ruido. Nada
a lo que no pudieran ponerle una música triste.
¿Qué cantarán ahora los poetas ingeniosos?
¿Quiénes con ese mismo oído atenderán
las Soledades? Yo voy yendo, ocio atento,
como un insensato, exigiéndome recoger
las espigas que abandonó Adán en el edén.
Adán, Perón, Gardel.
 
Ese pobre cristo horrorizado que hoy apenas
oye el silbido metálico de un ruiseñor alejado
de su trino. ¿Lo ves caminar sobre las aguas
negras de La Matanza con las mujeres,
las cuerdas y las mordazas, y sus pequeños
hijos amodorrados en el estiércol?
 
¿Qué despliega tu memoria? Restos, frases,
borrones. La sequedad de otoño instalada
en tus huesos. Tu yo en coloquio es con el espejo.
Hurgás el océano y tu corazón vacila sin memoria. 
 
Ah, ¿creés que existo? ¿A pesar de que ahora,
en la instantaneidad, se rescaten de mí solo uno
o dos versos? 
 
Necesitaré una montaña para sepultar a mi maestro,
hacer que resucite Zagreus del inframundo
con escoliosis verbal más que Perlongher
y jerga tosca de Lilibeo, la ciudad fantasma del marjal
siciliano: ánima de mar y zumbar agudo de avispas
en su lecho. Ungaretti locuaz pero sin pericia de filólogo,
perdido también mi rastro de un hijo muerto. Solo
me queda un ojo. ¡Y ciego! 
 
Hablo con voz de vidrio quebrado: me dejé caer ahí.
Luz y cerebro los distantes extremos. Caí atravesando
el sótano que me servía de escondrijo. Quizás logre
en unos años emerger, sobreexpuesto, como una
radiografía: un mapa neuronal con manchas oscuras,
marcado por las cicatrices que dejó 𝑔𝑖𝑜𝑟𝑛𝑜 𝑝𝑒𝑟 𝑔𝑖𝑜𝑟𝑛𝑜
mi Antonietto. 
 
Levemente las hojas al caer sin entrar en contacto
con el viento: furia en las formas. Furia en la bóveda
terrestre. Apenas inclinamos la cabeza a la derecha,
miel negra en las bocas y en las mentes 𝑤𝑒𝑒𝑛𝑖𝑒𝑠
de Disney. Walt Whitman es el placebo. ¿Democracy?
Hambre. 
 
Lo que me queda aquí de vida, mi ropa interior
gastada, harapos respetables, ruinas eruditas, dicen
qué significa ser humano. ¿Métrica italiana? ¿Fin
al tormento? Se acabaron esos días para siempre.
Luna, céfiro y crisálida son palabras que guardan
el secreto de otras épocas. Crearon belleza. Por Ella,
por nadie, por cualquiera. 
 
¿Y dónde mi yo sino en una celda entre Browning
y Beethoven en camiseta por Brooklyn, London
o Avellaneda? ¿Flaquea el poema? Claro que flaquea.
 
El mundo todavía admite la certeza de que hombre
y poeta se asemejan. Pero somos calculadoras:
metricistas y narcisistas. ¿La materia real? Bíblica: pan,
queso, verbo y carnero en un pavimento de malaquita. 
 
Apoyados unos en otros con las cabezas llenas de cieno
putrefacto y oscuro, votan los senadores a mano alzada
mientras afuera los mastines de uniforme pisan
el pasto de la plaza teñido de rojo. ¿Quién recordará
sus dedos anillados dando volteretas como si tuvieran
pensamientos propios? Cumplida la orden del día,
un calambre de índole metafísica los aturde y un olor
pestilente se desprende de sus cráneos. Hace años
(recuerdo) hubo Pasión y amor. Éramos (éramos)
brasas encendidas. No papel picado en camino
a La Tablada un 23 de enero. Ese día hubo un vuelco
en el llamado valle del rocío que destruyó mi Fiat 600
con un chirrido de insecto. Murieron a fuego lento
salteadas en aceite del cárter las palabras. Gloriosa
jota pe. Éramos.
 

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