El nuevo triángulo de las Bermudas
¿Cómo que te olvidaste de esa historia del yogui narcoléptico, el agente de seguros un poco entrado en carnes que despertaba confundido en medio del desayuno familiar, parado sobre los antebrazos en la mesa, el diario sostenido con los pies detrás de los oídos, y la taza de café temblorosa ante sus ojos, para terror de su mujer, sus hijas y él mismo? ¿O de esa otra, la del grupo de ex boy scouts que se volvió a reunir treinta años después y se perdió en un valle, en la niebla anaranjada del alba, y los hallaron casi muertos de hipotermia, incapaces de explicar por qué vestían sólo pantalones cortos y medias que, curiosamente, estaban impolutas? En vez de eso, acostado de espaldas en el pasto fresco por el rocío, se te impone recordar el calor y la humedad de la noche, las brasas del fogón a punto de apagarse, la linterna de repente encendida en una carpa; y enfundado en los últimos jirones de oscuridad, marchás bajo los árboles hacia ese claro de tu mente donde sólo aparecen sombras y fantasmas borroneados; y, para no perderte en tu regreso, vas dejando un rastro de luciérnagas muertas en el suelo.
(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

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